Un estadio de fueguitos

Un articulo de: @soyvikinga

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.”

 

(Fragmento de “El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano)

 

Nos dejaba Galeano esta semana y no me he podido resistir a darle mi humilde homenaje desde aquí. El mundo visto desde el cielo, decía el escritor uruguayo, no es más que un mar de fueguitos. Cada uno distinto. Cada fuego te transmite una cosa, no hay dos iguales. En el fútbol es igual. Nos empeñamos en querer comparar jugadores por las posiciones en las que juegan, por lo que nos pueden aportar, pero no terminamos de entender que cada uno es diferente. Cada uno brilla con luz propia. Aunque también hay luces y luces.

Y pensando en Galeano y en su mar de fueguitos me imaginé el sábado encaramada al cielo del Bernabéu. Mirando desde una esquinita. ¿Cómo se verían esos fuegos desde allí? ¿Cómo brillarían? ¿Cuál sería la luz que irradiaba cada uno de nuestros jugadores? Y así es como vi ese estadio de fuieguitos…

“Hay fuegos grandes y fuegos chicos”, pues bien, el fuego grande sería Cristiano. Un fuego poderoso y bello, de dimensiones colosales, que se hace gigante a los demás, que asusta sólo con intuirlo. El fuego chico, en contraposición, sería Chicharito. Un fuego chico pero que no se achica, porque es un fuego que poco a poco va creciendo, que se va avivando con el paso de los minutos y que permanece constante. Que no se apaga aunque alguno se empeñe en ello a base de soplidos. Su constancia lo mantiene en pie.

“…y fuegos de todos los colores”, como Arbeloa. El capitán sin brazalete se viste del color que le toca cuando le toca y lo hace sin rechistar. Y aunque le cuestionen su vestimenta porque a algunos les parezca fea, ahí sigue fiel al que es su verdadero y único color, el que lleva por dentro, pegado al corazón: el blanco. Y se vista del color con el que se vista, siempre es un color que se ve intenso, vivo, potente, intachable.

“Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento” y ese fuego sereno se llama Toni Kroos. Un fuego que no se inmuta, que sigue en su empeño, que no se turba ante las acometidas rivales. Siempre tranquilo, siempre sabiendo estar, siempre calmo. Serenidad que nos transmite, que nos hace sentir seguros.

“Y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas”. Marcelo. Él es la chispa cuando un partido se vuelve loco, cuando se necesita un plus de vitalidad, de energía, de arrojo. Y es un fuego loco no sólo para lo bueno, sino también para lo malo. Porque cuando se necesita para tapar huecos él se hace precisamente eso, el loco. Así es Marcelo y así es como llena el aire de chispas.

“Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman”. Hace tiempo que nuestro portero, alumbrar, alumbra poco. Acaso lo hace a los contrarios, a los que les da esa poquita de luz que les hace falta para creer que pueden ganarnos. A veces esa luz con la que alumbra a los demás es suficiente para que sucumbamos. Y entonces, quemarnos, nos quema, sí, pero de otra manera. De mala manera. Íker es el fuego bobo.

“Otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”, como Jamesito. El colombiano nos da la vida, es el fuego eléctrico, el que empuja al equipo, el que con su llama lo enciende haciéndolo funcionar.  El prendedor de los otros fuegos, el que contagia ganas con su eterna sonrisa y el que nos hace parpadear para cerciorarnos de lo que nos regala cada tarde en el templo.

También tenemos un fuego petulante y presumido. Que se lanza a aventuras no diseñadas para él porque alguna vez le salió bien y aún siendo cierto que atina muchas veces y nos saca las castañas del infierno, otras esa petulancia le hace ser un fuego poco fiable, del que no sabes cuándo te va a dar calor y cuándo lo que va a hacer es quemarte por la espalda. Es Ramos ese fuego presumido y presuntuoso que a veces se gana el derecho a presumir y otras te dan ganas de gritarle el “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Cerca de el fuego presumido está el fuego falso. El que igual te calienta y te hace sentir seguro, que te deja frío y te abandona cuando más lo necesitas y cuando menos lo esperas. Así es la traición. Así es Pepe.

Isco es el fuego que te desconcierta y al que esperas con anhelo que te dé el calor que más ansías. Es el fuego de calidad, el que te envuelve lentamente y no te puedes quitar de encima. A veces no sabes por dónde te va a salir y a veces, incluso desaparece. E Illarra es ese fuego que no se atreve a terminar de prender, ese fuego tímido con temor a equivocarse y que no se deja ver.

Y tenemos un fuego esbelto, elegante y apuesto que genera envidias y no siempre bien llevadas. Un fuego galés que galopa endiabladamente y no se cansa, al que intentan cazar con trampas poco legítimas pero no pueden porque siempre se levanta para volver a galopar y volver a hacerles callar y por ende, a generar más envidias. Casi siempre, porque el sábado no pudo levantarse y todos los envidiosos y resentidos vitoreaban desde sus púlpitos indecentes mientras a nosotros un frío nos recorría el cuerpo entero dejándonos helados.

Y entre todos estos fuegos, en el centro mismo de ese universo de llamas, hay uno que brilla más que los demás. Es un fueguito cuya aura es única, inmensa y que deslumbra incluso visto desde el cielo mismo del Bernabéu. Es un fuego que no es el más fotografiado, el que más se afana en destacar, pero que, sin quererlo inunda de luz todo a su alrededor. Es el fueguito Luka. Luka Modric es la magia. Él es la luz. Cuando ese fuego desgarbado juega, todo tiene sentido, todo es. Es la brújula que indica la dirección del norte, de nuestro norte, el de los madridistas y es el GPS sin el cual te sientes irremediablemente perdido. Y el sábado, mientras miraba desde el cielo del Bernabéu, cuando corría el minuto 59 pude ver cómo ese fuego se rompía, se quebraba. Se averiaba la brújula y a la par nuestros corazones, rotos de desazón, de zozobra. Todo al unísono. Se apagó ese fuego y entonces el Bernabéu quedó en penumbras. Y en penumbras quedó el madridismo entero.