MOU CONTRA EL AZAR

Un articulo de Fernando Sánchez

 

Seguimos analizando mal a José Mourinho.

Y no, el problema no es que hayamos olvidado sus títulos. Dos Champions League, ligas en cuatro de las cinco grandes competiciones europeas, el Oporto campeón de Europa, el Chelsea que transformó la Premier League, el Inter del triplete, el Real Madrid de los 100 puntos y los 121 goles, el Manchester United levantando tres títulos en una sola temporada, la Roma devolviendo un título continental a una afición que llevaba demasiado tiempo esperando una noche inolvidable y el Benfica completando una Liga invicta antes de regresar al Santiago Bernabéu constituyen un currículo que difícilmente admite discusión. El problema nunca ha sido ese. El problema ha sido la forma en la que el fútbol ha decidido recordarlo.

Durante más de veinte años hemos hablado de José Mourinho sin detenernos realmente a estudiar a José Mourinho. Hemos debatido hasta el agotamiento sus enfrentamientos con Guardiola, Wenger o la UEFA; hemos convertido sus ruedas de prensa en un género periodístico propio y sus gestos en material inagotable para tertulias y documentales. Mientras tanto, el fútbol llenaba congresos, libros y cursos de entrenador para explicar las ideas de otros técnicos. Aprendimos qué era el juego de posición, el tercer hombre, la ocupación racional de los espacios o la salida lavolpiana. Y me parece magnífico que así fuera, porque este deporte también evoluciona gracias a quienes aportan nuevas formas de entenderlo. Lo que nunca comprendí es por qué esa misma curiosidad desaparecía cuando el protagonista era José Mourinho.

No se ha sobrevalorado a otros entrenadores. Se ha simplificado a Mourinho.

Y simplificarlo es uno de los mayores errores intelectuales que ha cometido el análisis futbolístico contemporáneo. Durante demasiado tiempo hemos confundido el escaparate con el taller. Hemos analizado aquello que Mourinho enseñaba al mundo mientras ignorábamos el lugar donde realmente construía sus equipos. El debate se quedó en la fachada; la metodología permaneció dentro. Mientras discutíamos una frase pronunciada delante de un micrófono, el entrenador seguía perfeccionando un método que acabaría influyendo en generaciones enteras de técnicos.

Existe una diferencia enorme entre preparar un partido y preparar todo aquello que puede influir en un partido. Ahí, precisamente ahí, comienza la verdadera dimensión de José Mourinho. Muchos entrenadores diseñan sistemas, él diseña ecosistemas. El entrenamiento, la recuperación, el análisis del rival, la gestión emocional del vestuario, la comunicación pública, el trabajo del cuerpo técnico o la preparación psicológica nunca aparecen como compartimentos estancos. Todo responde a una misma lógica competitiva. Todo persigue el mismo objetivo. Todo intenta reducir, aunque solo sea un poco, el espacio que el azar ocupa dentro del juego.

Quizá por eso siempre me ha sorprendido la forma en la que se han interpretado sus ruedas de prensa. Hubo quien creyó que se sentaba delante de un micrófono para provocar. Yo siempre he creído que se sentaba para competir. Con el paso de los años, John Terry reconoció que nunca había trabajado con un entrenador que preparara cada sesión con semejante nivel de detalle y planificación. Resulta difícil creer que un hombre capaz de controlar hasta el último ejercicio del entrenamiento improvisara precisamente aquello que hacía delante de toda la prensa. Sus comparecencias no eran una excentricidad ni un ejercicio de vanidad. Eran una herramienta competitiva más. Mientras el foco mediático apuntaba hacia él, el vestuario respiraba. Mientras el debate público analizaba una frase, sus futbolistas preparaban el siguiente partido lejos del ruido. Reducir todo aquello a un personaje extravagante significa, sencillamente, no haber comprendido nunca el alcance de su liderazgo.

Hay entrenadores que aceptan que el fútbol pertenece, en parte, al azar. Mourinho lleva toda una vida discutiendo precisamente con esa idea. Sabe que nunca conseguirá eliminarlo por completo, pero tampoco está dispuesto a regalar una sola de las variables que sí dependen de él. Esa obsesión explica cada entrenamiento, cada conversación individual con un futbolista, cada análisis del rival y cada decisión tomada durante la semana. El partido no comienza cuando el árbitro señala el inicio. El partido comienza el lunes. Y, cuando llega el domingo, José solo pretende una cosa: que sus jugadores hayan vivido previamente, durante la semana, la mayor cantidad posible de situaciones que pueden aparecer sobre el césped.

Imagen: The Independent

Esa misma lógica explica la famosa periodización táctica, un concepto que con demasiada frecuencia se presenta como un lenguaje reservado para entrenadores profesionales cuando, en realidad, responde a una idea extraordinariamente sencilla. Mourinho, apoyándose en las investigaciones de Vítor Frade y en el trabajo imprescindible de Rui Faria, comprendió antes que muchos que el futbolista no podía dividirse en compartimentos. El jugador que corre es el mismo que piensa, interpreta, decide y compite. Si el partido nunca separa el aspecto físico del táctico, el entrenamiento tampoco debería hacerlo. Cada ejercicio debe parecerse al juego, cada tarea debe perseguir una intención concreta y cada sesión debe acercar al equipo un paso más hacia el partido que el entrenador lleva imaginando desde el comienzo de la semana.

Por eso Mourinho no entrena movimientos; entrena comportamientos. No pretende que un lateral memorice cuándo incorporarse al ataque, sino que aprenda a reconocer el instante exacto para hacerlo. No busca que un centrocampista recuerde una secuencia de pases, sino que comprenda qué solución exige cada contexto. El objetivo nunca ha sido mecanizar al futbolista, sino desarrollar jugadores capaces de interpretar el juego con naturalidad. El verdadero talento de Mourinho no consiste en adivinar lo que ocurrirá un domingo, sino en conseguir que, cuando finalmente ocurra, sus futbolistas tengan la sensación de haber vivido esa situación decenas de veces durante la semana.

Ahí reside, probablemente, la mayor diferencia entre él y la inmensa mayoría de entrenadores. Algunos preparan el siguiente partido. Mourinho prepara todas las circunstancias que pueden aparecer dentro de ese partido. Esa diferencia, aparentemente sutil, explica buena parte de una carrera construida sobre la adaptación constante. Porque sus equipos cambian, evolucionan y responden a contextos distintos, pero la metodología permanece inalterable. Los principios no se negocian; lo que cambia es la forma de aplicarlos.

La mejor prueba de que el método está por encima del contexto es su propia carrera. Si únicamente hubiera triunfado en el Oporto, podríamos atribuirlo a una generación irrepetible. Si solo hubiera funcionado en el Chelsea, muchos reducirían el éxito a la capacidad económica del club. Si todo hubiera terminado con el Inter, otros hablarían de una temporada perfecta imposible de repetir. Sin embargo, Leiria, Oporto, Chelsea, Inter, Real Madrid, Manchester United, Tottenham, Roma y Benfica apenas comparten idioma, cultura futbolística, presupuesto, plantilla o expectativas. Lo único que permanece constante es el propio José Mourinho. Cuando una misma metodología demuestra su eficacia en escenarios tan diferentes, quizá haya llegado el momento de dejar de hablar de casualidades y empezar, por fin, a hablar de excelencia.

Y ahí aparece otra de las grandes injusticias que, a mi juicio, ha cometido el relato futbolístico. Se le sigue presentando como un entrenador defensivo cuando fue el responsable del Real Madrid más goleador de la historia de la Liga española. Aquel equipo no atacaba únicamente con velocidad; atacaba con orden. Cada ruptura, cada apoyo, cada cambio de orientación y cada transición respondían a comportamientos trabajados hasta la extenuación durante la semana. Nunca intentó derrotar al mejor Barcelona de la historia convirtiéndose en una copia del Barcelona. Tuvo la personalidad suficiente para demostrar que existían otras maneras de dominar un partido. Mientras una parte del fútbol entendía el control únicamente a través de la posesión, él demostró que también se podía controlar un encuentro dominando los espacios, los ritmos, las emociones y el momento exacto en el que cada acción debía producirse.

Quizá el mayor triunfo del relato moderno no haya sido convencer al mundo de que existía una única forma correcta de jugar al fútbol. Quizá haya sido conseguir que demasiada gente olvidara que también existían otras formas extraordinarias de ganar. Mourinho jamás discutió la belleza del fútbol ofensivo; discutió la idea de que solo existiera un camino para alcanzar la victoria. Y, precisamente por eso, su legado trasciende los títulos. Enseñó que adaptarse no es renunciar a una identidad, sino comprender que la inteligencia consiste en encontrar la mejor solución para los futbolistas que tienes y no para los que imaginas.

Existe la costumbre de hablar de José Mourinho como si perteneciera al pasado. Resulta curioso. Mientras muchos siguen debatiendo sobre el personaje, él continúa entrenando, continúa aceptando desafíos y continúa demostrando que su forma de entender el fútbol sigue plenamente vigente. Nunca ha sido un entrenador que espere durante años el proyecto perfecto. Al contrario. Siempre ha confiado más en la fuerza de su metodología que en las circunstancias que rodean a un club. Quizá por eso ha competido en contextos tan distintos y, aun así, ha conseguido dejar una huella reconocible en todos ellos. Sus equipos no siempre jugaron igual, pero todos compartían una identidad competitiva inconfundible: disciplina, preparación obsesiva, solidaridad colectiva y una convicción absoluta de que el talento solo alcanza su máximo nivel cuando está respaldado por el trabajo.

Esa es la razón por la que sigo pensando que el fútbol mantiene una deuda pendiente con él. No una deuda relacionada con los títulos, porque esos permanecerán para siempre en las vitrinas. Tampoco con los reconocimientos individuales. La verdadera deuda consiste en no haber dedicado el mismo esfuerzo intelectual a comprender su metodología que el que se ha dedicado a estudiar la de otros entrenadores. Durante demasiado tiempo hemos preferido analizar el escaparate antes que entrar en el taller. Nos hemos quedado con el ruido cuando lo verdaderamente extraordinario sucedía en silencio, lejos de las cámaras y de los focos, allí donde un entrenamiento dejaba de ser una simple sesión de trabajo para convertirse en el primer paso hacia la victoria del domingo.

Imagen: ABC

Quizá dentro de veinte años el fútbol siga discutiendo quién ha sido el mejor entrenador de la historia. No sé si algún día existirá una respuesta definitiva y, sinceramente, tampoco creo que deba existir. Lo que sí espero es que, cuando vuelva a producirse ese debate, José Mourinho deje de ser juzgado por un titular o por una rueda de prensa y empiece, por fin, a ser estudiado por aquello que realmente transformó este deporte: su manera de entrenar, de competir y de entender el fútbol. Porque los personajes ocupan portadas. Los métodos cambian la historia. Y Mourinho, mucho antes que un personaje, ha sido y sigue siendo uno de los grandes arquitectos del fútbol moderno.

Sin embargo, existe un último aspecto que, a mi juicio, explica mejor que ningún otro por qué ha conseguido mantenerse durante tanto tiempo en la élite. Nunca ha dependido de una moda. Las modas cambian, las tendencias evolucionan y el fútbol se reinventa constantemente. Lo que permanece es la capacidad para convencer a un vestuario, construir una identidad y competir cada domingo con un plan reconocible. El tecnico portugues nunca ha perseguido la aprobación del relato dominante. Ha perseguido la victoria. Y, paradójicamente, esa independencia intelectual es la que le ha permitido reinventarse una y otra vez sin dejar de ser fiel a sí mismo.

Resulta llamativo que, en una época obsesionada con los datos, el análisis y la innovación, todavía haya quien reduzca a Mourinho a un conjunto de tópicos repetidos durante años. Quizá sea porque las ideas complejas siempre exigen más esfuerzo que los eslóganes sencillos. Es mucho más fácil recordar una polémica que comprender una metodología. Mucho más cómodo debatir una rueda de prensa que explicar por qué un entrenamiento aparentemente normal escondía decenas de comportamientos cuidadosamente diseñados para aparecer tres días después durante el partido. Sin embargo, el paso del tiempo suele colocar cada cosa en su lugar. Los titulares envejecen. Las ideas permanecen.

Por eso nunca he entendido la necesidad de elegir entre el de Setúbal y cualquier otro gran entrenador de este siglo. El fútbol no necesita empobrecer el debate enfrentando constantemente modelos que, en realidad, han enriquecido este deporte desde perspectivas diferentes. Lo verdaderamente interesante no consiste en decidir quién tuvo razón, sino en comprender por qué cada uno cambió el juego a su manera. Ahora bien, si a unos les hemos concedido el privilegio de estudiar con detalle sus principios metodológicos, también deberíamos hacer el mismo ejercicio con José Mourinho. No por nostalgia. No por admiración. Simplemente por rigor.

Quizá entonces descubramos que la mayor aportación de Mourinho nunca fue una táctica concreta, un sistema determinado o una alineación memorable. Quizá su verdadera revolución consistió en entender que el entrenador no debía limitarse a dirigir un equipo, sino a construir un entorno donde absolutamente todo empujara en la misma dirección. Y eso va mucho más allá de un dibujo sobre una pizarra. Es una manera de concebir el liderazgo, el entrenamiento y la competición.

Seguimos analizando a José Mourinho desde el escaparate.

Ha llegado el momento de entrar, por fin, en el taller.

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