EL PRECIO DE MOLESTAR
Un artículo de: @Nandi_1998
Siete jornadas bastan para comprobar cuánto cuesta desafiar al sistema cuando la camiseta es blanca.

Mourinho abrió su comparecencia mostrando las dos acciones que marcaron el derbi. Fuente: Fuente: @rafanmj
Mourinho tardó diez segundos en resumir el derbi. Ni pizarra, ni excusas, ni esa liturgia con la que el fútbol moderno convierte cualquier evidencia en un debate de cuarenta minutos. Se sentó ante los periodistas, levantó dos fotografías y dejó que hablaran los tacos. En una, Cuti Romero hundía la suela en la rodilla de Bellingham. En la otra, Kang-In Lee entraba por detrás sobre el tobillo de Valverde. Resultado disciplinario de la función: una amarilla en la primera y absolutamente nada en la segunda. Después expulsaron a Huijsen con la ayuda del VAR, por supuesto. Para algunas jugadas la tecnología es un notario; para otras, un mueble del salón.
Podríamos tratarlo como la polémica de una tarde. Sería cómodo, higiénico y muy del gusto de quienes llevan años administrando la normalidad del fútbol español. El problema es que la tarde del Metropolitano no nació sola. Llega después de siete jornadas en las que el Madrid ha acumulado patadas sin balón, pisotones, rodillas por detrás, planchas al tobillo, un golpe en la cara dentro del área y un codazo que no mereció ni falta. Al juntar las imágenes, lo excepcional deja de parecer excepcional. Empieza a parecer criterio. Y el criterio que se está aplicando es sencillo: contra el Real Madrid se puede probar primero y pedir perdón después, siempre que al árbitro le dé por preguntar.
La colección comenzó en Cornellà, antes de que el partido hubiera tenido tiempo siquiera de despeinarse. Cala llegó tarde sobre Vinícius y, cuando ya no existía posibilidad alguna de disputar el balón, completó la acción con una patada por detrás. No vio tarjeta. Iturralde González la calificó como una amarilla clarísima; Sánchez Martínez debió de verla de un amarillo tan pálido que terminó confundiéndolo con el blanco de la camiseta. Cala fue amonestado más tarde, en el minuto 32, pero aún tuvo margen para regresar del descanso y volver a llegar tarde, esta vez sobre Álvaro Carreras. Iturralde consideró esa segunda acción incluso más merecedora de tarjeta que la primera. Habría sido la segunda amarilla. No lo fue. Cala siguió jugando hasta el 68, porque en LaLiga la reincidencia también necesita periodo de prueba.

Minuto 3. Cala golpea a Vinícius sin opción de jugar el balón. La acción quedó sin tarjeta. Fuente: 20minutos / DAZN

Minuto 46. Cala, ya amonestado, llega tarde sobre Carreras. No hubo segunda amarilla. Fuente: AS / DAZN
En el Villamarín, la primera acción del partido fue un pisotón a Valverde. El capitán se quedó en pie y el castigo desapareció con la misma rapidez con la que desaparecen tantas faltas cuando el agredido no se revuelca, no convoca a los servicios médicos y no interpreta la muerte de Mercucio sobre el césped. Mourinho lo explicó después: la jugada estaba tipificada como amarilla, pero Valverde siguió jugando. Esa dignidad que se le exige al futbolista termina convertida en atenuante para quien le pisa. La enseñanza es preciosa: si te hacen daño, actúa; si eres honrado, apáñatelas.
Contra el Rayo apareció otro capítulo de esta pedagogía. Pathé Ciss pisó por detrás a Vinícius en la zona del tendón de Aquiles y recibió amarilla. Amarilla: el color oficial para casi todo lo que no arranca una extremidad y obliga a recogerla el utillero. Tres minutos después, Güler pidió penalti por un manotazo de Mujaid dentro del área. La crónica oficial del propio Madrid registró el golpe. El árbitro no señaló nada. Por separado, cada decisión encuentra un tertuliano dispuesto a explicarla. Juntas revelan el truco: se examina cada fotograma como si los anteriores no hubieran existido y así nunca hay acumulación, nunca hay contexto y nunca hay un patrón. Solo casualidades con botas.
En Elche, la barra libre alcanzó categoría de menú degustación. Primero, Osorio soltó el brazo contra el rostro de Huijsen en una acción que no mereció falta, tarjeta ni una mísera visita del VAR. Pero no fue la única. Konaté también recibió una agresión cuando el balón estaba en otro lugar y Vinícius fue golpeado igualmente al margen de la jugada. Dos acciones sin ninguna relación con la disputa del balón y dos nuevas invitaciones del árbitro a continuar como si allí no hubiera ocurrido nada. Tres episodios en un mismo partido y el mismo castigo disciplinario para todos: ninguno. A estas alturas, uno empieza a sospechar que la famosa intensidad solo consiste en comprobar hasta dónde puede golpearse a un futbolista del Real Madrid antes de que el colegiado abandone su fascinante papel de espectador privilegiado. Luego nos explicarán que el VAR no interviene porque no aprecia una agresión clara. Debe de ser que, cuando el balón está lejos, las cámaras también tienen permiso para mirar hacia otro lado.

Osorio golpea el rostro de Huijsen. La acción no fue sancionada por el árbitro ni revisada en el monitor. Fuente: OKdiario
Y entonces llegó el Metropolitano, ese magnífico laboratorio en el que el listón arbitral se estira o encoge según quién tenga el balón y quién ponga la pierna. A los cinco minutos, Baena golpeó a Güler por detrás con la rodilla. Falta, sí; amarilla, no. Iturralde la consideró clarísima. En el 18 repitieron protagonistas y Baena seguía sin amonestación. La permisividad temprana no es una anécdota: decide hasta dónde puede llegar un equipo durante el resto del partido. Si el primer aviso no existe, el siguiente contacto deja de ser una imprudencia y se convierte en método.
En el minuto 36 llegó Cuti Romero. Bellingham entró a disputar el balón y el argentino dejó la pierna firme, con los tacos sobre la rodilla del inglés. Ortiz Arias consiguió lo difícil: amonestó primero a Bellingham, es decir, al jugador que recibió la entrada. El VAR intervino para corregir la identidad y la amarilla cambió de propietario, pero no de color. Iturralde habló de fuerza excesiva y roja. Otros analistas defendieron la amarilla. Estupendo: en España ya podemos discutir el color de una tarjeta mientras contemplamos una suela apoyada sobre una rodilla. El progreso consiste en que al menos terminemos sancionando al que da y no al que cobra.

Minuto 36. Cuti Romero pisa la zona de la rodilla de Bellingham. Tras corregirse la identidad del amonestado, recibió amarilla. Fuente: Mediaset / señal de LaLiga
Todavía quedaba la plancha de Kang-In Lee a Valverde, por detrás y sobre el tobillo. No hubo tarjeta. Iturralde la consideró acción de VAR y roja, y señaló que era incluso más peligrosa que la anterior. Ortiz Arias no vio motivo para castigarla y el VAR mantuvo esa serenidad funcionarial que tanto tranquiliza cuando la pierna amenazada pertenece al Madrid. La entrada encendió el túnel de vestuarios al descanso. Lo que sí produjo expulsiones fue la protesta posterior de miembros de los cuerpos técnicos. La patada quedó sin cartulina; el enfado, debidamente administrado. Nuestro arbitraje quizá no proteja tobillos, pero mantiene un respeto exquisito por el protocolo.

Final de la primera parte. Kang-In Lee entra con la plancha por detrás sobre Valverde. No recibió tarjeta. Fuente: Diario Madridista / señal de LaLiga
Hasta aquí, el césped. Ahora conviene mirar al palco y a los despachos, porque fingir que el fútbol se disputa en una urna hermética también forma parte del espectáculo. El Real Madrid se ha enfrentado a LaLiga y a Javier Tebas en los tribunales. No mediante comunicados escritos para contentar a la grada, sino con procedimientos reales. En junio, el club anunció que el Tribunal Supremo había confirmado definitivamente la nulidad de decisiones adoptadas por el presidente de LaLiga que impidieron al Madrid participar en reuniones del órgano de control de los derechos audiovisuales. Las decisiones vulneraron los derechos de participación del club y se adoptaron sin seguir el procedimiento legalmente exigible. Eso no es victimismo. Eso es una resolución judicial.
El Madrid es, además, el único club de Primera que decidió personarse como acusación particular en el caso Negreira, el mayor escándalo de credibilidad que ha sufrido el arbitraje español. Durante años, el Barcelona pagó millones de euros a sociedades vinculadas al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. El procedimiento penal continúa y será la Justicia quien determine las responsabilidades, pero los pagos existen, el cargo de Negreira existía y el silencio coral del fútbol español también a niveles tan surrealistas como para poder afirmar y corto me quedo que el resto de los clubes viven en un “síndrome de Estocolmo” permanente mientras la competición sigue jugándose como si nada. El Madrid eligió no mirar hacia otro lado. En junio volvió a mover el asunto ante la UEFA y reclamó la reactivación del expediente disciplinario. Qué costumbre tan antipática: pedir explicaciones donde casi todos prefieren pedir acreditación para el palco.
Ese enfrentamiento tiene un precio. No hace falta imaginar una orden secreta ni una reunión con las persianas bajadas. El sistema no siempre castiga mediante consignas; a veces le basta con el clima, con saber quién es el incómodo, con normalizar que sus quejas son ruido y que cualquier denuncia procedente del Bernabéu merece primero una carcajada. El resultado está en las imágenes: al Madrid le pegan y el umbral disciplinario sube; el Madrid protesta y el foco cambia de inmediato hacia su actitud. La entrada se convierte en lance, la plancha en intensidad y el codazo en un ángulo poco concluyente. Después llega la tarjeta por protestar, que esa sí se distingue con una nitidez admirable por parte de esos colegiados que siguen al servicio de una institución con indicios de corrupción y el comentario de turno de los que retransmiten los partidos quitando hierro al asunto siempre al servicio del poder corrupto.
Dirán que todos los equipos sufren errores. Naturalmente. Es el comodín más rentable del fútbol español: como el error existe, ya no hay que medir su frecuencia, su dirección ni sus consecuencias. También dirán que el Madrid quiere condicionar a los árbitros. Curioso reproche en una competición que convivió durante años con pagos del Barcelona al número dos del arbitraje nacional. Preguntar por aquello es presionar; cobrarlo, por lo visto, fue consultoría. La semántica vuelve a acudir al rescate justo cuando las fotografías empiezan a estropear el relato.
No pedimos privilegios. Pedimos algo mucho más ofensivo para quienes viven de administrar el doble rasero: el mismo reglamento, la misma protección y el mismo VAR. Si una plancha al tobillo es roja, que lo sea también cuando el tobillo es de Valverde. Si los tacos sobre una rodilla exigen expulsión, que la camiseta blanca no rebaje el castigo a amarillo. Si golpear una cara merece revisión, que Huijsen no tenga que presentar una instancia por triplicado. Y si el Real Madrid paga un precio por llevar a Tebas ante los tribunales y por negarse a guardar silencio ante Negreira, conviene que ese precio quede expuesto, jornada tras jornada, fotografía tras fotografía.
Mourinho enseñó dos. Nosotros ya llevamos demasiadas. Pueden llamarlo conspiración, victimismo o presión mediática; el catálogo no cambia porque cambien el insulto. Ahí están Cala, Osorio, Cuti, Kang-In y todo lo que quedó entre medias. Ahí están las tarjetas que no llegaron y las que se quedaron cortas. Ahí está un club que molesta fuera del campo y unos jugadores a los que cada domingo se les exige soportar dentro de él un poco más que al resto. Quizá esa sea la tarifa por no asentir. El Real Madrid ha decidido discutirla en los tribunales. A nosotros nos corresponde no dejar que la cobren en silencio sobre el césped.







