SIGAN, SIGAN: AQUÍ NO PASA NADA

 

Un artículo de: @Nandi_1989

Sigan, sigan. Aquí no pasa nada. Nunca pasa nada. En el fútbol español podrían aparecer mañana los once jugadores de un equipo disputando el partido montados en dromedario y seguramente antes del descanso tendríamos a algún exárbitro explicándonos que el reglamento no especifica taxativamente que haya que jugar a pie. Esto funciona así.

El viernes, en La Cartuja, el Real Madrid perdió contra el Betis. Y sí, perdió porque no metió las que tuvo. Porque Valles estuvo extraordinario, porque Mbappé falló lo que no suele fallar y porque cuando perdonas durante noventa minutos corres el riesgo de irte a casa con cara de gilipollas. Todo eso es verdad. ¿Ya hemos hecho la penitencia? ¿Podemos hablar ahora de lo demás? Porque parece que cuando al Madrid le ocurre alguna nueva chirigota arbitral primero tiene que presentar certificado de buena conducta. Hay que comenzar diciendo que jugamos mal, que Vinicius, el de la renovación millonaria, no apareció, que Mbappé falló, que Mourinho se equivocó en la gestión de los cambios y que Courtois podía haber hecho el pino puente. Solo entonces, una vez purificados nuestros pecados mediante conveniente autoflagelación, se nos concede permiso para mencionar al árbitro. Pues no. Esta vez empezamos por donde nos da la gana.

En el descuento, Mbappé lanzó un penalti, Valles lo detuvo y Bartra entró a despejar el rechazo. Durante unos minutos, España volvió a convertirse en la NASA. Líneas, fotogramas, pies, proyecciones, ángulos, suspensiones. El empeine de Bartra adquirió una relevancia científica que no conocía desde los tiempos de Ramón y Cajal. Y finalmente conocimos la explicación: no había invasión porque cuando Mbappé golpea el balón el defensa no tiene apoyado el pie dentro del área. Bartra estaba dentro, pero no estaba dentro. Compréndanlo. Había penetrado en el área, aunque reglamentariamente todavía pertenecía al extrarradio. El hombre estaba levitando. Resulta que hemos descubierto un nuevo método defensivo. A partir de ahora no hay que esperar fuera del área durante los penaltis. Basta con entrar saltando. Si consigues mantener los pies en el aire en el momento exacto del lanzamiento, eres poco menos que un apátrida reglamentario. No estás ni dentro ni fuera. Estás en una especie de limbo jurídico entre la Tierra y el VAR. Newton se habría vuelto loco arbitrando esta Liga.

Y lo mejor es que Bartra reconoció después que conocía la interpretación porque había consultado una acción similar. Pues perfecto. Absolutamente nada contra Bartra. Al contrario: hizo lo que tenía que hacer. Si en este sainete existe una rendija, aprovéchala. El problema no es el jugador. El problema es que para entender un penalti en España necesitemos un árbitro, un VAR, siete cámaras, un especialista en biomecánica, otro en derecho administrativo y un señor con compás determinando si la extremidad suspendida sobre el área pertenece todavía al cuerpo del futbolista.

Pero esto es secundario, porque el verdadero problema no fue Bartra. Ni siquiera Hernández Hernández. El problema es que ya no nos creemos una mierda. Y eso es bastante más grave. Cuando una institución conserva prestigio, se equivoca y uno protesta. Cuando lo ha perdido, incluso cuando acierta uno sospecha. No porque exista necesariamente una mano negra detrás de cada córner, sino porque llevas demasiado tiempo viendo cosas demasiado raras mientras una patulea de dirigentes te explica constantemente que todo está estupendo y que el único problema es que tú preguntas demasiado.

El Real Madrid no piensa que todo está estupendo. Y esto conviene repetirlo porque después aparecen los pontífices de la equidistancia contándonos que son los aficionados quienes han fabricado una conspiración desde el sofá. No. En febrero de 2025 fue el propio Real Madrid quien presentó ante la Federación, con copia al Consejo Superior de Deportes, una reclamación formal después del partido contra el Espanyol. Y no escribió que estaba «un poquito preocupado». Habló de un «sistema arbitral completamente desacreditado». Habló de «doble rasero». Y sostuvo que las decisiones contra el club habían alcanzado un nivel de «manipulación y adulteración de la competición» que ya no podía ignorarse. Repito: eso no lo escribió el administrador de una cuenta madridista de Twitter después de seis cubatas. Lo escribió el Real Madrid Club de Fútbol.

Imagen: Depor

Entonces, pregunto yo: si el sistema está completamente desacreditado, si existe manipulación y adulteración de la competición y si hay un doble rasero contra tu club, ¿Qué cojones estamos haciendo exactamente? Porque todos los fines de semana salimos otra vez. Nos ponemos la camiseta. Sonríen los capitanes. Foto con los árbitros. Intercambio de banderines. Y a jugar. Debe de ser que la adulteración descansa los fines de semana, o eso creemos, mientras la mafia se sienta a la mesa, nunca mejor dicho.

Pero esperen, que todavía podemos añadir un poco más de guarnición a este potaje. El Real Madrid mantiene desde hace años enfrentamientos abiertos con LaLiga. No únicamente dialécticos. Judiciales. Y algunos los ha ganado. Este mismo año, el Tribunal Supremo confirmó definitivamente la nulidad de decisiones de LaLiga que habían impedido al Real Madrid participar en determinadas reuniones relacionadas con el control de los derechos audiovisuales, considerando vulnerados sus derechos de participación. Pero tampoco pasa nada. El Madrid denuncia al sistema arbitral, litiga contra LaLiga, LaLiga denuncia al Madrid, Tebas carga contra Florentino, Florentino carga contra el sistema, el Supremo acaba dando la razón al club en determinados asuntos y después todos a jugar el domingo. Una familia preciosa. Solo falta la comunión del niño.

Y entonces llegamos al elefante obeso que ocupa el salón desde hace años y al que buena parte del fútbol español pretende rodear como si fuera una mesita auxiliar: Negreira. Ese pequeño detalle. Ese insignificante episodio por el que el FC Barcelona pagó más de siete millones de euros durante años a sociedades vinculadas a José María Enríquez Negreira, mientras este era vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Diecisiete años. De 2001 a 2018. Más de 7,3 millones según la denuncia de Fiscalía. Una minucia. Calderilla. A cualquiera se le traspapela durante diecisiete años una transferencia al vicepresidente de los árbitros. Yo mismo alguna vez he contratado Netflix y he tardado cuatro meses en darme de baja. Comprenderán que estas cosas ocurren. Lo curioso es que Negreira dejó el CTA en 2018 y los pagos terminaron. Casualidades de la vida. Como cuando deja de llover justo después de cerrar el paraguas.

Pero aquí entramos en terreno especialmente divertido porque cada vez que se menciona Negreira aparece inmediatamente el sacristán de la prudencia. «No está demostrado que se compraran árbitros». Correcto. «No existe una sentencia firme que diga que el Barcelona compró partidos». Correcto. «La imputación por cohecho fue descartada». También correcto. ¿Y? ¿De verdad hemos llegado al punto de considerar tranquilizador que el listón para preocuparnos sea encontrar un recibo con el concepto «compra del árbitro del domingo»? El hecho incontrovertible, sin añadir una sola cucharada de salsa madridista, es que durante años un club pagó millones a empresas vinculadas al vicepresidente del organismo arbitral mientras competía en los torneos arbitrados por aquel estamento. Solo eso debería haber provocado una conmoción institucional de tal magnitud que no hubiese quedado un despacho sin abrir, una conversación sin revisar y una estructura sin auditar.

Pero estamos en España. Aquí somos más de echar una mano de pintura. Se cambia alguna cara, se remodela el CTA, se anuncia transparencia, se organiza una rueda de prensa, se enseñan unas imágenes y estupendo. A otra cosa. En junio de este mismo año el Real Madrid acudió además a la UEFA por el caso Negreira y empleó una expresión todavía más bonita: «riesgo sistémico de máxima gravedad para la integridad de las competiciones». Lean otra vez. Riesgo sistémico. Máxima gravedad. Integridad de las competiciones. Pero el sábado a jugar.

Imagen: X

Aquí empiezo a tener un problema también con mi propio club, porque una cosa es denunciar y otra convertir la denuncia en una liturgia anual. Si tú, Real Madrid, crees que existe un sistema arbitral completamente desacreditado, si hablas de manipulación y adulteración, si eres acusación particular en el caso Negreira, si acudes a la UEFA alegando un riesgo sistémico para la integridad competitiva y si mantienes una guerra institucional y judicial con LaLiga, llega un momento en que tus aficionados tenemos derecho a formularte una pregunta bastante sencilla:

¿QUÉ COJONES HACEMOS TODAVÍA AQUÍ COMO SI NO PASARA NADA?

Porque esto no puede convertirse en el día de la marmota. Jornada, polémica, vídeo de Real Madrid TV, Tebas indignado, CTA ofendido, comunicado, tertulia, siguiente jornada y vuelta a empezar. Si lo que denuncia el Real Madrid es tan grave como el propio Real Madrid dice, hay que llegar hasta el final. Hasta donde haga falta. Porque jugar durante años una competición mientras sostienes públicamente que su sistema arbitral está desacreditado es una contradicción demasiado grande para esconderla debajo de la alfombra y al final juegas a la ruleta rusa de que se tomen la justicia contra ti, como estamos viendo, con arbitrajes bochornosos.

Y yo habría ido todavía más lejos. Desde el momento en que el caso Negreira entró en los juzgados, el fútbol español no debió continuar funcionando como si absolutamente nada hubiese ocurrido. No estoy diciendo que hubiera que apagar los estadios y mandar a todo el mundo a casa durante diez años. Estoy diciendo que aquello exigía una intervención institucional extraordinaria: una auditoría independiente de arriba abajo, una ruptura verdadera con las estructuras bajo sospecha, explicaciones públicas exhaustivas, acceso a documentación, responsabilidades, transparencia radical y, después, cuando todo hubiese quedado limpio, volver a hablar de confianza.

Aquí hicimos lo contrario. Primero continuamos y luego ya veremos. La competición no podía parar, claro. Hay derechos audiovisuales, patrocinadores, contratos, dinero. Muchísimo dinero. La honradez competitiva resulta importantísima, naturalmente, pero tampoco exageremos si coincide con la hora de caja. Así que rueda el balón. Y el madridista que pregunte es un paranoico.

Ese es posiblemente el mayor triunfo de todo este esperpento: haber conseguido que resulte más incómodo quien pregunta por Negreira que Negreira mismo. Mencionas los pagos y eres conspiranoico. Preguntas por el CTA y eres un hooligan. Criticas un arbitraje y estás presionando. Real Madrid TV analiza jugadas y resulta que está destruyendo el fútbol español. Diecisiete años pagando al vicepresidente arbitral, en cambio, deben de pertenecer al género documental. No condiciona. No incomoda. No genera presión. Lo verdaderamente intolerable es un vídeo del canal del Madrid a las dos de la tarde. Faltaría más.

Y luego tenemos el prestigiosísimo arbitraje español. Tan extraordinario, tan excelso y tan admirado allende nuestras fronteras que para el Mundial de 2026 FIFA seleccionó 52 árbitros principales y España aportó uno. Uno. Hernández Hernández. Sí. Precisamente. El mismo del Betis-Madrid. Tenemos, según nos cuentan aquí cada semana, una de las mejores ligas del mundo, unos profesionales magníficos y un sistema maravilloso que únicamente cuestionamos los madridistas porque padecemos alguna clase de delirio persecutorio colectivo. Después llega el mayor torneo del planeta y nuestra poderosa escuela arbitral cabe en el asiento delantero de un Cabify. Uno. Cincuenta y dos y uno español.

Imagen: RTVE

Pero será casualidad. Aquí todo es casualidad. Negreira es casualidad. Que los pagos terminaran cuando dejó su cargo será casualidad. Que el Madrid denuncie el sistema será victimismo. Que haya litigios con LaLiga será culpa de Florentino. Que apenas exportemos árbitros principales a un Mundial tampoco debe significar nada. Y que cada dos semanas necesitemos veinte minutos de televisión para explicarnos por qué aquello que nuestros ojos ven no es exactamente lo que nuestros ojos han visto será sencillamente pedagogía.

Sigan, sigan. Y ahí está el madridista, pagando su abono, pagando la televisión, viendo cómo cada temporada aparece una nueva trapisonda y escuchando después que el problema es que se queja demasiado. Pues quizá nos quejamos poco. Porque a mí no me interesa que ayuden al Real Madrid. No quiero que le regalen un penalti. No quiero que expulsen a un rival porque sí. No quiero ganar una Liga en un despacho. Quiero algo aparentemente mucho más sencillo y que esta competición ha conseguido transformar en un artículo de lujo: quiero que cuando el Madrid pierda pueda pensar que ha perdido y punto.

Sin preguntarme quién estaba en el VAR, sin acordarme de Negreira, sin abrir Twitter para descubrir una interpretación nueva del reglamento, sin ver tres días después un vídeo explicándome que un futbolista puede estar dentro del área siempre que tenga la cortesía de no tocar el suelo, sin que el presidente de LaLiga aparezca inmediatamente para explicarnos otra vez que el verdadero peligro del fútbol español es el Real Madrid. Eso quiero. Confianza. Y la confianza, desgraciadamente para quienes dirigen este tinglado, no viene incluida en el paquete televisivo. Se gana. Y cuando durante años has permitido que se acumule semejante cochambre institucional, recuperarla exige bastante más que cambiar los muebles.

Mientras tanto seguiremos jugando. Naturalmente. LaLiga continuará vendiéndose como la mejor competición del mundo, el CTA seguirá explicando, Tebas seguirá pontificando, el Madrid seguirá denunciando, Negreira seguirá sobrevolándolo todo y nosotros seguiremos escuchando la misma orden que resume perfectamente el fútbol español de los últimos años:

Sigan, sigan. Aquí no pasa nada.

Aunque huela a chamusquina desde la otra punta del estadio.

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