Una crónica de: @MiedoEscenico2
Apenas había pasado una semana, pero había dado tiempo a que se confirmara que Mastantuono se iba cedido a la Fiorentina, a que Vinicius certificase que se quedaba hasta 2032, a que Diomande cumpliera su sueño de niño fichando por el conjunto blanco, y a que Rodri prefiriera irse del City al Barcelona en vez de venir a Madrid. Él se lo pierde. Una semana en que se habían incorporado unos cuantos jugadores más de la plantilla, y eso permitía a Mourinho una convocatoria más cercana a lo que será la realidad durante la temporada. Aun así, se mantenían fuera de la misma hombres como Courtois, Konaté, Cucurella, Tchouameni, Bellingham y Mbappé, que serán de los últimos en entrar en la dinámica del grupo, y que apuntan a ser más titulares que otra cosa durante el curso.
El once inicial para afrontar el partido contra el Ferencváros estaba compuesto por Lunin bajo palos, con Dumfries como lateral derecho, los “niños” Mario Rivas y Joan Martínez como centrales, y Carreras en el lateral izquierdo; el doble pivote formado por Valverde y Camavinga, con Arda Güler en la posición central de la línea de tres, Brahim a un costado, Alexis Ciria al otro y, en la punta de ataque, Endrick. El acogedor Groupama Arena, con su capacidad para 22000 espectadores, era el escenario para el segundo partido más o menos serio que el conjunto madridista iba a disputar en esta pretemporada, frente a un equipo local cuya mejor época se remonta muy atrás, y que jugó la fase de grupos de la Champions League por última vez hace cinco años.

Imagen: realmadrid.com
Lo mejor del primer tiempo del partido fue, sin duda alguna, la actitud y el liderazgo de Arda Güler. El turco se erigió en el centro de gravedad del equipo blanco, hoy de verde oscuro, y fue mejorando jugadas, ubicándose en el eje ofensivo, cayendo a una u otra banda en caso de necesidad, y multiplicándose aquí y allá. El lado derecho del ataque del Madrid florecía y bullía con Brahim, Dumfries, Endrick y Valverde, además del ubicuo Güler, intercambiando posiciones, movimientos, pases y automatismos, mientras que el lado izquierdo del ataque madridista era prácticamente el desierto de Kalahari. El Ferencváros, tampoco vamos a engañarnos, llegaba con poca frecuencia y menos acierto aún; lo más destacable del cuadro húngaro era, aparte de la torpeza de sus delanteros, la presencia de un argentino llamado Mariano Gómez, oficiando como argentino, repartiendo leches, y como Mariano, jugando como si tuviera dos pies derechos.
La pausa de hidratación dejó paso a un tramo de partido un poco más equilibrado, iniciado con una bonita combinación entre Endrick, Güler y Dumfries, que el holandés no pudo rematar por poco. Aun así, el cuadro de Budapest consiguió ir aumentando los tramos en que mantenía la posesión del balón, pero tampoco se puede decir que hiciera grandes cosas con él. Eso sí, obligó al equipo visitante a realizar más esfuerzos defensivos y bajar el ritmo de juego, aunque volvió a tener llegadas, con un Camavinga algo más dinámico en el movimiento de balón y un Endrick muy activo, como en el cañonazo que soltó, tras girarse, en el minuto 34, o en el 37, en que el portero adivinó su intención de superarle con un remate picado. Güler seguía siendo lo más lúcido en el lado madridista, pero es que tampoco se puede decir que el resto estuviera impregnado del perfume de la inspiración: olían a cansados, espesos y con carga de sobra en las piernas. Los dos jóvenes centrales se manejaban con oficio, e incluso Joan Martínez se atrevió a una salida en conducción algo temeraria, y Mario Rivas largó un trallazo desde fuera del área que se fue a las nubes. Fue el propio Mario Rivas el que cabeceó a gol, tirándose casi en plancha, un centro de Alexis Ciria tras un córner sacado por Arda Güler, y llevó, por fin, el 0-1 al marcador, en el minuto 41. A fuerza de ser sinceros, el escaso marcador al descanso hacía justicia al enorme trabajo defensivo del Ferencváros, aunque el peso del primer tiempo lo había llevado claramente el cuadro madridista, sobre todo por medio de un Güler muy proactivo y acertado.
A la vuelta del descanso, el conjunto madridista era otro. Lo decimos porque Mou introdujo seis cambios, y el equipo se reconfiguró con: Lunin, Trent, Rudiger, Huijsen, Carreras; Valverde, Bernardo Silva; Endrick, Güler, Vini; y Espí. Lo primero que se notó fue una actitud mucho más proactiva para la presión en buena parte del equipo. Y, tras una buena combinación a base de pases, Carlos Espí marcó a pase de Valverde, tras recibir el uruguayo un balón al espacio de Güler, poniendo el 0-2 en el minuto 49. El Real Madrid siguió teniendo llegadas, algo más toscas y menos peligrosas, pero el siguiente en variar el marcador fue el hijo de Meho Kodro, Kenan, aprovechando el espacio entre Rüdiger y Huijsen, para rematar un fantástico centro adelantado de Zachariassen a la red, frente a un Lunin algo contemplativo.

Imagen: realmadrid.com
Con el 1-2, el Ferencváros revivió, atacó, forzó un par de córners y empezó a creerse capaz de conseguir algo más. Castigaba las dos bandas, con cierta lógica porque el once del Madrid invitaba más a la ida y vuelta que al control defensivo, y descubrió que podía apretar arriba para robar, porque al equipo visitante no le duraba igual la pelota. Incluso Mou se dio cuenta de la soledad de Valverde para aguantar el hostigamiento húngaro, e introdujo en el minuto 64 a Cestero por Endrick, pero aquello no acabó de mejorar. La pausa de hidratación le vino bien a José Mourinho para explicar a sus hombres qué hacer para no seguir dando alas al cuadro húngaro. Y, una vez más, no parecía muy contento.
El tramo final del partido no fue algo para recordar, la verdad. Al cansancio de este momento de la temporada, se sumó que los dos equipos atacaban con más espíritu que cerebro, y las pérdidas de balón se sucedían con cierta frecuencia, con lo que no había ni continuidad, ni nada especialmente atractivo en el juego. En el lado madridista, solamente la entrada y el debut de Lamini Fati y Diego Lacosta por Carreras y Valverde supuso un acicate especial. Por lo demás, el peligro lo llevó más el equipo local, pero, como decíamos, sin precisión ni acierto en el tercio final. El 1-2 final reflejó el momento de unos y otros, y ya espera el próximo reto, que pasa a ser algo más que un mero entrenamiento, porque el Trofeo Teresa Herrera es un torneo con cierta tradición en el fútbol español, y no podemos ir a hacer allí el cantamañanas el próximo miércoles. Que el eclipse no nos funda los plomos.








