CRÓNICA | COMO EN LAS VIEJAS PELÍCULAS: AS ROMA 3-4 REAL MADRID

 

Una crónica de: @MiedoEscenico2

Muchos madridistas esperábamos que la vuelta a la Copa de Europa fuese una especie de bálsamo curativo que nos ayudase a olvidar los amargos sinsabores de la Liga, el CTA y los vendajes mágicos. Y, en vez de eso, nos encontramos de golpe como si acabásemos de aterrizar en mitad de un combate con Ilia Topuria, la Roma llegando por babor y estribor, por aire y por tierra, y obligando a Courtois a emplearse a fondo, una, dos, tres veces… Cuando se nos pasó el susto, nos dimos cuenta de que el gigante belga, escoltado por Dumfries, Konaté, Rüdiger y Cucurella, pedía a sus propios compañeros que dejaran de mirar cómo los jugadores giallorossos entraban como aviones por todos los lados. Tchouameni y Valverde, en el doble pivote, ni participaban en el inicio de las jugadas, ni daban abasto para tapar todos los agujeros que creaba el equipo local en la línea defensiva. De los de arriba, Bellingham y Diomandé parecían estar comprometidos, y no tardaron mucho en bajar a ayudar defensivamente, pero no hubo noticias de Vinicius ni de Mbappé. El plan era robar y salir, pero el Madrid no olía el balón hasta que ya estaba en su área, prácticamente. El partido había empezado como las viejas películas, con un tiroteo del que salía el héroe, como mínimo, asustado.

Un disparo desviado de Diomandé era el único botín ofensivo del Madrid para cuando nuestro héroe salía ya directamente malherido, cuando, en el minuto 20, De Roon llegaba solo a la frontal del área para aprovechar un pase de Soulé y disparar duro al fondo de la red de Courtois, que cometió su primer error de la noche concediendo el 1-0. A raíz de eso, el Madrid adelantó sus líneas y se acercó algo a la portería rival. Un robo de balón permitía a Diomandé lanzar a Mbappé en profundidad, y al francés le bastó verse de cara a la portería para lanzar una dentellada en forma de disparo, que rebotó en Mario Hermoso, y que se coló en la meta local, devolviendo el equilibrio al marcador. El ratito que el Madrid se atrevió a adelantarse, no controló el juego, no remató a puerta, pero le dio para quedarse algo tranquilo porque la Roma no se acercaba. Ese ratito pasó pronto, y la Roma volvió a aproximarse con cierto peligro, aunque Courtois volvió a erigirse como el mejor del equipo, manteniendo la puerta cerrada. Justo antes del descanso, una jugada de Vinicius, su única aportación positiva en toda la primera parte, acabó en un pase retrasado a Bellingham que el inglés remató desviado.

Imagen: realmadrid.com

El primer cuarto de hora del segundo tiempo fue todo eso que nunca quisimos ver en la película: Vinicius se permitió un lujo innecesario, perdió una pelota por una estupidez, y eso pilló a todo el equipo descolocado, con Mallen aprovechando el uno contra uno frente a Courtois para establecer el 2-1. También fue Mallen el que, en otra jugada en que se quedó solo ante el belga, establecía el 3-1, tras el típico suspense del VAR revisando un posible fuera de juego, y obligaba a Jose Mourinho, cabreado como un mono, a sacar del campo a Vinicius y Dumfries, y a meter en su lugar a Endrick y a Güler. Solamente la entrada del turco ya activó al equipo y Mbappé hizo el segundo remate a puerta de la noche, que esta vez se encontró con el portero. Como en las viejas películas, las cosas se ponían muy difíciles para el héroe, y solamente le quedaba levantarse de la peor situación posible, y tratar de darle la vuelta a la situación. Endrick hizo una incursión inverosímil en el área romana, y cayó al suelo, pero el árbitro francés se hizo el sueco (eso se lo dejamos a Nilo Campo en su Crónica Arbitral), lo cual encendió al Madrid mucho más que antes. También la anulación de un gol de Mbappé, apenas un par de minutos después, por fuera de juego, ponía todo un poquito más cuesta arriba, pero el Madrid daba la sensación de haberse despertado de esa especie de estado semiinconsciente con el que había empezado el encuentro, con veinte minutos de película aún por delante. Y vaya veinte minutos, amigos.

“Con todo perdido ¿Qué más puedo perder?” decía la vieja canción, y Mourinho fue cambiando progresivamente la formación, hizo otros tres cambios y, a partir del minuto 78, el equipo quedó configurado tal que así (apunten, apunten): Courtois; Valverde, Konaté, Rüdiger, Carreras; Bernardo Silva, Güler; Endrick, Bellingham, Mbappé; y Espí en punta. Los ponemos juntos porque esta es la alineación que habrá que recordar, como la auténtica protagonista de la película. A partir de ahí, se sumaron una actitud cada vez más ofensiva, una intensidad apropiada a la necesidad, y la sinergia de un extremo brasileño con hambre de gloria, un ariete humilde e incansable, y un jugador con un guante en la pierna izquierda. Ganaron terreno centímetro a centímetro, le comieron la moral a la defensa romanista, y consiguieron, en siete minutos, rehacerse, escapar del peligro, voltear la situación y salir ganadores. Güler la puso, Endrick remató, y Espí remachó a la red el rechace del portero en el minuto 83 para poner el 3-2. Güler la puso, Endrick remató y coló el cabezazo en el único hueco posible entre la defensa local en el minuto 85, y empató 3-3. Finalmente, en el último duelo, Güler la puso, y Rüdiger, cayéndose, agarrado por Nahuel Molina, remató a las mallas en el minuto 90 el 3-4 que acabaría siendo definitivo, con el héroe sano y salvo llevándose a la chica (los tres puntos) y cabalgando hacia el horizonte en mitad del crepúsculo. Como en las viejas películas.

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