Un artículo de: @Nandy_1989
Después de dos temporadas en blanco, la reconstrucción del Real Madrid exige jerarquía, trabajo y salidas. Incluso la de Vinícius, si decide que el club no le basta.

La plantilla del Real Madrid antes de la final de Copa de 2025 en La Cartuja; Vinícius aparece a la izquierda. Fotografía: Junta de Andalucía / Wikimedia Commons · CC BY-SA 2.0
Y es algo en lo que creo que todos deberíamos estar de acuerdo después de dos temporadas en blanco. Y no solo por no haber ganado. Han sido dos años ofreciendo una imagen ajena a la de aquel equipo que en 2024 se coronó en Wembley como campeón de Europa por decimoquinta vez. Aquel Madrid hizo doblete de Liga y Champions, jugó un fútbol reconocible, plenamente encajado en el ADN del Real Madrid, y nos llevó a muchos a pensar que ya nos habíamos pasado el juego. Por eso mirábamos hacia un horizonte que hoy parece disipado: la Superliga.
La reestructuración de la plantilla, puesta ya en manos de nuestro nuevo arquitecto, José Mourinho, el deseado, al que se le han dado poderes para ordenar esto, pasa por acometer los refuerzos necesarios para acercarnos al Real Madrid dominador que hemos dejado de ser. Y no ha sido una casualidad ni hace falta reunir a los eruditos de este bendito deporte llamado fútbol para explicar el derrumbe. Todo se reduce a cosas bastante más sencillas: trabajo, disciplina, hambre y respeto por los roles.

Imagen: Sport
No queda lejos el último año de Carlo Ancelotti, un entrenador que lo ha sido todo en este club. Su liderazgo tranquilo fue una seña de identidad hasta que la tranquilidad se convirtió en pasotismo, no tanto en el banquillo como en un grupo de jugadores a los que les importaron muy poco los dardos del míster. Ancelotti pidió intensidad y compromiso rueda de prensa tras rueda de prensa. Nunca llegaron. Y, como casi siempre ocurre, se fue el entrenador.
Tampoco quedan lejos los silbidos de enero de este año, cuando la afición estalló contra unos jugadores que habían destrozado por completo un proyecto nacido en manos de alguien a quien todos apreciábamos: Xabi Alonso. Con sus virtudes y sus defectos, el tolosarra se enfrentó al reto de su vida con una experiencia en los banquillos corta, pero intensa. Después de entrenar en la cantera del Real Madrid y dirigir a la Real Sociedad B, despertó al Bayer Leverkusen, lo hizo campeón de la primera Bundesliga de su historia y lo llevó a una final de la Europa League. Su hoja de servicio era más que válida para una figura respetada por el madridismo —con la mancha, eso sí, de aquella salida al Bayern a finales del mercado de 2014 que nos dejó vendidos—. Su forma de trabajar cautivaba a todos… menos a quienes no estaban acostumbrados a la exigencia y preferían el liderazgo pasota de la temporada anterior. Pronto llegaron las malas caras de quienes no aceptaban jugar en una posición diferente, las quejas por las sesiones de vídeo y, cómo no, aquel Clásico en el que cierto jugador montó el espectáculo por ser sustituido. Ahí el proyecto de Alonso quedó herido de muerte y empezó el camino hacia lo que hoy somos.
Por eso hoy muchos nos preguntamos: ¿qué venta sería realmente dolorosa? ¿Merecen algunos jugadores seguir vistiendo la camiseta blanca? En esta plantilla continúan, por el momento, los mismos que se rieron en la cara de Carlo Ancelotti después de que el italiano lo diera todo por ellos. Y siguen los mismos que reventaron el proyecto de Xabi Alonso porque entrenar tácticas nuevas o ver vídeos no iba con ellos; al parecer, ellos no necesitaban nada de eso. Si de verdad queremos reestructurar, hay que fichar. Y para fichar hay que hacer sitio y sacar gente.
Rodri y Diomande son dos futbolistas que podrían venirle muy bien al nuevo esquema blanco. El primero aportaría algo que el Madrid tiene abandonado desde que Kroos y Modrić se marcharon: equilibrio en un centro del campo perdido. Siempre he defendido que los partidos se ganan desde ahí; véase España en el último Mundial. El único pero es esa lesión de cruzado que nunca puede borrarse del análisis. Estamos valorando lo visto durante un torneo corto, pero una temporada son nueve meses jugando martes y domingo. Diomande, por su parte, aportaría algo distinto en las bandas: velocidad, regate y savia nueva, sobre todo porque lo de Olise está muy complicado.

Imagen: Tribuna.com
Y muchos diréis que eso que aporta Diomande ya lo tenemos con Vini. Claro que sí: lo teníamos con el Vini anterior a la gala del Balón de Oro de 2024. Yo también fui de los que defendió que el Madrid hizo bien en no acudir y que France Football y la UEFA quisieron tomarle el pelo al mejor equipo del mundo en plena guerra por la Superliga. Pero desde aquella noche el brasileño dejó de ser el mismo justo cuando todos pensábamos que el golpe iba a hacerlo más fuerte.
A Vinícius lo vimos llegar a España y, prácticamente nada más poner un pie en el Castilla, recibir hasta un mordisco en la cabeza. Bajó al barro, se curtió, luchó, falló y no se rindió por más que un bufón chiringuitero se riera de él. Se convirtió en el mejor del mundo. Pero desde la gala todo fue a peor. Muchos dicen que el problema es que llegó Mbappé y cobra más. Puede ser, ¿quién sabe? Pero si el Real Madrid le ofrece ahora una renovación de primer nivel después de dos años desaparecido, ¿Qué pretende todavía? ¿Un contrato por encima de todos? ¿Una prima a la altura de la de Mbappé? ¿Después de ser uno de los jugadores que dejó caer a Ancelotti y, para mí, el principal artífice junto a Valverde del derribo del proyecto de Xabi?. Lo siento, pero yo no me subo al barco de los madridistas de jugadores.
Y aquí conviene bajar al dato, porque alrededor de la renovación se está soltando mucha cifra interesada. Ni el club ni el jugador publican los contratos, pero las informaciones más recientes dibujan el tamaño de la propuesta. The Times sitúa la oferta del Madrid en torno a los 20 millones de euros netos por temporada —frente a unos 15— y añade que todavía se negocia una prima importante. Tomás González-Martín sostiene otra estructura: 15 millones fijos y una prima de firma que elevaría el paquete medio hasta los 22 millones anuales durante cinco temporadas. AS, por su parte, sitúa la petición de Vinícius alrededor de los 20 millones netos y recuerda que su contrato actual es progresivo: una media de 15 millones, con unos 18 en esta última temporada y dos más activados por haber ganado el The Best. Las cifras no coinciden al céntimo porque nadie ha publicado el contrato. La conclusión sí coincide: la discusión no consiste en que el Madrid le niegue un sueldo de estrella, sino en cómo se reparte un contrato de superestrella.
El Madrid no le está ofreciendo calderilla. Le está ofreciendo un contrato de superestrella.
AS asegura además que la prioridad de Vinícius es renovar y que la del Madrid también es renovarlo. Perfecto. Ojalá la próxima reunión cierre el asunto y el jugador vuelva con la cabeza puesta en el fútbol. Pero una renovación no puede convertirse en una amnistía. Quien se quede debe asumir que se entrena, que se aceptan los roles, que el entrenador decide y que la camiseta no garantiza privilegios. El Madrid puede pagar un sueldo de superestrella; lo que no puede comprar es compromiso.
Esto ya lo vivimos con Cristiano Ronaldo después de ganar cuatro Champions en cinco años. También con Sergio Ramos, que levantó prácticamente lo mismo que el portugués e incluso sumó más títulos nacionales porque estuvo en las dos Ligas de la etapa de Calderón y en la Liga ganada durante la pandemia. Los dos quisieron tensar la cuerda, ponerse por encima del club y por encima del club… ya sabemos.
Así que, si debemos asumir alguna salida importante, se llame como se llame, después de estos dos años basura y de la rabia que nos han hecho pasar, no habrá que llorarla, sino aceptarla y seguir. Leo a muchos decir que vender a Vinícius sería el mayor error de nuestra historia reciente. No lo compro. Si el brasileño se marcha después de que el Madrid haya puesto sobre la mesa un paquete de estrella, será porque la negociación ha elegido la ruptura. Y está en su derecho. Pero el club también está en el suyo de no hipotecar su escala salarial ni su autoridad.
El Real Madrid ya ha movido su posición económica, lo ha sostenido institucionalmente en los peores momentos y comprometió incluso la imagen de toda la entidad en aquella gala del Balón de Oro, cuando la expedición se quedó en Madrid al saber que no sería premiado. De poco habrá servido todo eso si ahora cada gesto de respaldo debe pagarse otra vez en el contrato.
Si renueva, que vuelva el Vinícius que decidió finales y se levantó después de cada golpe. Si no renueva, que llegue una buena oferta y se cierre la puerta sin dramas. Doloroso sería perder gratis a un futbolista con mercado. Vender a tiempo a quien no quiere aceptar el nuevo orden no es una tragedia: es hacer limpieza. Porque el Madrid no puede reconstruirse si le tiene miedo a los nombres. Y porque, por encima de cualquier jugador, sigue estando el Real Madrid.








