Un artículo de: @Nandi_1989

José Mourinho, en agosto de 2010, al comienzo de su primera etapa al frente del Real Madrid. Fotografía: Allison Pasciuto; recorte: Wisniaj45. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 3.0).
Bien es cierto que era de los que pensaba que un retorno de Mou, trece años después de su marcha, era cuanto menos dudoso, pero viendo la deriva del equipo, tengo claro que no solo quería su retorno, y no soy el único. Lo quería porque llevo dos temporadas viendo cómo este club se ha ido ablandando hasta resultar, en demasiados partidos, irreconocible. Hemos cambiado de entrenador, de sistema, de discurso y hasta de excusas, pero casi nunca hemos mirado de frente a quienes salen al campo. Siempre parece más fácil despedir al que está en el banquillo que exigir responsabilidades a una plantilla llena de internacionales, salarios millonarios y futbolistas que llevan demasiado tiempo viviendo del nombre. Mourinho regresa y firma hasta 2029. No vuelve para recibir un homenaje ni para pasearse por Valdebebas contando batallas antiguas. Vuelve porque el Madrid necesita recuperar el mando.
Las dos últimas temporadas han sido un fracaso. Se puede adornar como se quiera, hablar de lesiones, calendarios, adaptación, mala suerte o proyectos que necesitaban tiempo. Me da igual. El Real Madrid no ha comparecido durante dos temporadas completas. Ha habido partidos en los que algunos jugadores parecían estar haciéndonos un favor. Caminando cuando tocaba correr, protestando cuando eran sustituidos, desapareciendo cuando el encuentro se ponía feo y poniendo malas caras si el entrenador se atrevía a alterar su comodidad. Después llegaba la derrota y ya conocíamos el reparto de culpas: el sistema no ayudaba, el equipo estaba cansado, faltaba preparación, el entrenador no conectaba con el vestuario o la mejor de todas y la que mas rabia me daba: no siempre se puede ganar. Los jugadores, mientras tanto, volvían al entrenamiento como si la cosa no fuera con ellos.
Ya está bien. No todos han tenido la misma actitud, por supuesto, pero en este vestuario ha faltado hambre, disciplina y bastante vergüenza deportiva. No hablo de perder, sino de la manera de perder. Hablo de ver al rival correr más, llegar antes a los balones divididos y comportarse como si tuviera mucho más en juego. Hablo de futbolistas que cobran como los mejores del mundo, pero que después necesitan que el entrenador les ruegue para defender, presionar o aceptar una suplencia. En el Real Madrid nadie debería tener el puesto asegurado por aquello del “todo lo que nos ha dado” o por el maldito nombre. El que corra, juega. El que no, al banquillo. Y el que convierta cada cambio en un drama personal, que se busque una salida.
Y luego están los otros. Los que saben que no cuentan, que apenas tienen sitio y que el club agradecería que buscaran una salida, pero prefieren quedarse. ¿Por qué van a marcharse? En el Madrid se cobra estupendamente, se entrena en unas instalaciones extraordinarias y se vive bastante bien aunque uno aparezca poco por el césped. Son jugadores sin protagonismo, sin futuro real dentro del equipo y, en algunos casos, sin demasiada intención de recuperar su carrera en otro lugar. Prefieren agotar el contrato, cobrar hasta el último euro y parasitar el club mientras otros esperan una oportunidad. No voy a dar nombres porque tampoco hace falta. Todos sabemos que esta película no comenzó ayer. Cada verano aparece algún futbolista dispuesto a repetirla. Mucho amor al escudo cuando hay que publicar un mensaje; bastante menos amor al fútbol cuando toca renunciar a parte del sueldo para volver a competir.
Pero tampoco toda la culpa es de los jugadores. Si el vestuario ha terminado creyéndose dueño del club es porque alguien se lo ha permitido. La gobernanza deportiva del Madrid durante estos dos años ha sido un desastre. Se han tomado decisiones tarde, se han quemado entrenadores y se ha protegido demasiado a quienes debían rendir cuentas. El club ha funcionado como si reunir a los mejores nombres fuera suficiente para construir un equipo. No lo es. Puedes tener a varios de los futbolistas más valiosos del planeta y seguir pareciendo una pandilla si nadie fija las normas, reparte las responsabilidades y deja claro quién manda. Mourinho llega para hacer ese trabajo, pero quienes lo han contratado tendrán que respaldarlo cuando comiencen los problemas. Porque comenzarán. En cuanto siente a una estrella (y ya nos imaginemos a quien), corte un privilegio o diga públicamente alguna verdad incómoda, aparecerán los filtradores, los ofendidos y los amigos de los jugadores. Entonces veremos si el club quería realmente a Mourinho o solo necesitaba una cara fuerte para tapar dos temporadas lamentables. Y todos sabemos cómo se las gasta el de Setúbal.

Imagen: Prensa Libre
También necesitamos una voz. Durante demasiado tiempo el Real Madrid ha dejado que otros hablen, ensucien, deformen y construyan su relato mientras nosotros respondíamos tarde o mediante comunicados que casi nadie recuerda al día siguiente. El caso Negreira no puede terminar enterrado debajo de la siguiente jornada de Liga. El Barcelona pagó durante años más de siete millones de euros a sociedades vinculadas con quien era vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Que cada cual busque las palabras que quiera para explicar semejante barbaridad. Yo no pienso fingir que es una anécdota administrativa ni aceptar que se nos diga que debemos pasar página para no molestar. La investigación continúa y el Real Madrid ha llevado su postura ante la UEFA. Pero hace falta algo más que abogados, porque ya sabemos cómo se las gastan aquí. La RFEF ya mira a otro lado, la Liga se posiciona a del lado de la inacción y ahora nos venden que lo mejor es olvidar y cerrar el mayor caso de corrupción deportiva en la historia de nuestro país. Espero que Mourinho no calle para caer bien y, creo firmemente que, conociéndolo, no lo hará.
Claro que su trabajo principal estará en el césped. No quiero que su regreso se reduzca a las ruedas de prensa, las guerras institucionales o los vídeos recordando su primera etapa. Mourinho tiene que construir un equipo. Konaté, Cucurella, Bernardo Silva y Dumfries son incorporaciones importantes y responden a necesidades evidentes: más contundencia atrás, laterales con energía y un futbolista capaz de poner algo de orden en el centro del campo. Ahora hay que convertir esas piezas en un equipo compacto, agresivo y reconocible y, sobre todo, no dejar de mirar al mercado, porque humildemente pienso que nuestro mercado no debe acabar aquí. No me preocupa que tengamos menos posesión que el rival si sabemos qué hacer con el balón y, sobre todo, qué hacer cuando lo perdemos. Lo que no quiero volver a ver es un conjunto partido en dos, cuatro delanteros esperando y seis compañeros intentando apagar incendios y nadie tirando desmarques.
Tampoco compro la caricatura de que Mourinho únicamente sabe encerrarse atrás. Lo que siempre ha vendido es que el míster portugués es un enamorado del antifutbol, pero si analizamos los números que tuvo aquí, recordemos que hizo el record en una liga de goles y puntos. No solo vale el fútbol de toque hasta aburrir a las ovejas que nos quieren meter hasta en la sopa. Y seguro que Mou sabrá conjugar las virtudes de un equipo capaz de jugar hacer goles y defender bien.
No espero milagros en agosto ni voy a pedir un triplete antes de que empiece la Liga. Pero tampoco acepto otra temporada de transición. En el Real Madrid la transición no puede convertirse en una coartada para pasar otro año en blanco. Este equipo tiene plantilla, dinero, fichajes y un entrenador que sabe perfectamente dónde ha regresado. Debe luchar por ganar la Liga hasta la última jornada, volver a ser uno de los grandes candidatos en Europa (creo que el fútbol le debe una orejona con su Madrid) y recuperar el respeto que se ha dejado por el camino. Después se ganará o se perderá, porque esto sigue siendo fútbol. Lo que no puede negociarse es la actitud.
Mourinho dijo que no se trata de trabajar en el Real Madrid, sino de trabajar para el Real Madrid. Esa diferencia, que parece pequeña, resume todo lo que necesitamos. Aquí ha habido demasiada gente trabajando para sí misma: para su contrato, su imagen, su representante, su renovación o sus estadísticas. Ha llegado el momento de trabajar para el club. El segundo advenimiento no necesita incienso ni nostalgia. Necesita una limpieza, unas normas y unos cuantos golpes encima de la mesa. Mourinho ha vuelto. Ahora que corran todos.








