OPINIÓN | Triste cuento de Navidad

Un articulo de: @ErZuru2000

Con la venia.

La ley del embudo es una ley universal que viene a decir que lo ancho me lo quedo yo y lo estrecho para los demás. La ley del embudo es otra forma de expresar otro gran principio universal: la doble vara de medir. Llámenlo como ustedes quieran, en cualquier caso viene a expresar la misma idea, y ésta es que lo sí vale para mí, para otros, no. Viceversa.

Hecha esta pequeña introducción, paso a relatarles un triste cuento de navidad como ejemplo de aplicación práctica de la ley del embudo.

Aprovecharé las entrañables fiestas y haré un par trampas. Seguro que todos ustedes han visto la película de Frank Capra “Qué bello es vivir”. Y seguro que recuerdan a aquel ángel bonachón  de pelo blanco que se encarga de poner patas arriba todo el entramado de la película. Clarence, se llamaba. Tomaré prestado a Clarence y nos centraremos en la noche del 23 de diciembre.

En un lujoso barrio de Madrid, D. Gumersindo Pérez,  presidente de un poderoso equipo de fútbol, pasea cariacontecido y al borde de la depresión. Maldice el momento en el que decidió no fichar al talentoso delantero francés Julián Paripé. Y es que el equipo que él preside, pocas horas antes, acababa de ser arrasado por su gran enemigo: el FC Campanario. Y todos le señalan a él como principal culpable por no haber contratado al joven Paripé. Al decir de muchos, el remedio de todos los males.

No se le va de la cabeza la imagen de la marabunta de aficionados, sobre todo los más próximos al palco, poniéndole de vuelta y media a partir del segundo tiempo. Tiene grabada en su memoria, sus caras enrojecidas de odio, sus cuellos de cantaores de flamenco a punto de reventar, sus perdigonazos, sus insultos y, sobre todo y por encima de todo, no se le olvida el intento de coro, todos a una, con el siguiente y sencillo estribillo: “Paripé, Paripé”, en clara alusión al crack francés y al deseo, casi libidinoso, de teenagers humedecidas de poder contar con el muchacho francés entre las gloriosas filas del equipo.

“Ojalá les hubiera hecho caso este verano” se repetía muy arrepentido el presidente. “Si hubiera fichado a Paripé, hoy todo iría mejor. Hoy no hubiéramos perdido. Esta noche muchos niños, mozalbetes, militares sin graduación, chachas, padres y madres de familia, jubilados y/o mediopensionistas dormirían felices y contentos, abstrayéndose de todos sus problemas cotidianos”.

Se sentía muy culpable, D. Gumersindo. Cada vez más triste y deprimido. “He de dimitir. Esto no es el proyecto ilusionante que esperaba. Ojalá nunca hubiera sido presidente. El 26 convoco rueda de prensa y dimito”, se reafirma. Medita, rumia y lo decide. Y así, aliviado y decidido se dirige a su lujosa casa del lujoso barrio madrileño. “Tus deseos han sido concedidos”, oyó decir, a su espalda, a una voz madura. “El pasado verano, fichaste a Paripé”, afirma, sin solución de continuidad, la misma voz [nota del autor haciendo spoiler: era la voz de Clarence].

A esa misma hora, Perico, aficionado y forofo del equipo de fútbol que preside el odioso Gumersindo Pérez, pasea su mal humor y su mala hostia por el céntrico barrio de Madrid dónde vive.  Es socio del referido club y tiene un abono muy cerca del palco.  Ha asistido, como siempre, al partido. Ha visto la debacle. A pesar del mal cuerpo que le ha dejado el resultado final, no puede dejar de sentir cierto orgullo y satisfacción: él tenía razón. Se pasó todo el período veraniego de fichajes alentando a sus amigos, conocidos, familiares, cuñaos y diversos seres de procedencia desconocida, sobra la imperiosa necesidad de fichar a Julián Paripé. Escribió tuits, llamó a @RadioAtraca para opinar e, incluso, dirigió una carta personal a D. Gumersindo para que atendiera sus súplicas. Acabó el plazo para fichar y Paripé se fue a un equipo de Paris. Y Perico montó en cólera. “Aquellos polvos”, se dijo mientras paseaba, “han traído estos lodos”, no sin cierto cosquilleo de satisfacción al tomar conciencia de que él se adelantó a todo el mundo. Él fue el único que vio el negro futuro cernirse sobre sus cabezas.

Perico recuerda el absurdo argumento utilizado por algunos que no veían nada claro el fichaje de Paripé. Esas voces afirmaban que era un peligroso precedente pagar 18 millones de euros netos a un niño que no había ganado nada. Que aquello sería visto como una afrenta por jugadores que lo habían ganado todo y tanta gloria habían dado al club y, lo peor, sería visto como una afrenta por sus representantes. “Pues si hay que echar a Podric, se le echa”, llegó a contestar a un tuitero que le argumentó todo lo anterior. Sí, a Podric, la niña de los ojos de casi todo aficionado al fútbol. Ahora, Perico, se reafirma; él, llegado el caso, hubiera echado a Podric. “Quién no entienda que hay que dejar el paso a jóvenes talentos, sobra”, discurseaba para sí mismo. “Tus deseos han sido concedidos”, dijo una voz madura, a su espalda. “Este verano, el club de tus amores ha fichado a Paripé. Y no solo eso, ha sido escuchado tu axioma: todo aquel que sea incapaz de aceptar a jóvenes talentos a cualquier precio, sobra”.

Ya fuera por la depresión, ya fuera por la necesidad de olvidarse del partido, Gumersindo Pérez decidió entablar conversación con aquel adorable viejecito de la voz cálida. Le vendría bien distraerse un rato. A pesar de la incoherencia de sus afirmaciones, transmitía una sensación de bondad y cercanía que a D. Gumersindo le hacía sentirse muy bien. “Seguramente –pensó. D Gumersindo- este hombre ha visto el desastre de esta tarde y está muy afectado, lo que, sin duda, le hace desvariar”. Así pues, propuso a aquel hombrecito que le acompañase a dar una vuelta por la sala de trofeos del estadio Santiago Bernabéu. Él, el presidente, le haría de cicerone. Pasarían un buen rato, le contaría anécdotas y se distraerían. Clarence aceptó. D. Gumersindo llamó a su chofer y allá se fueron los dos.

No era demasiado tarde y todavía quedaba gente de mantenimiento en el estadio. En el luminoso, no figuraba el resultado de esa misma tarde, no. En lugar del 0-3 había un 2-6. Algún graciosillo se iba a enterar. Pero eso ya sería la semana que viene, después de nochebuena y navidad. El viejecillo era una persona muy agradable y la conversación entre D. Gumersindo y Clarence estaba siendo fluida y reconfortante. Hasta subió la moral del presidente.

Por fin llegaron a la sala de trofeos. Allí le enseñaría los tres más recientes: las dos supercopas y el mundial de clubes. Mientras las luces de las diferentes salas se iban encendiendo tras su pausado y lento caminar, D. Gumersindo iba relatando episodios y anécdotas. Por fin, llegaron a su destino. Pero… ninguno de los tres trofeos, anunciados por el presidente, estaba allí.

1. Gumersindo empezó a mirar con recelo a Clarence. “¿Qué era todo aquello?, ¿Un plan urdido por alguien para, aprovechando aquella visita, robarles sus últimos preciados trofeos?, ¿Una pesada broma? Pero eso era imposible, porque la idea de visitar la sala de trofeos fue suya y no del hombrecillo”. Aquello era un disparate y a él le estaba afectando demasiado el disgusto de la tarde. Seguramente algún responsable habría mandado recoger los trofeos por algún tema menor. Mejor tranquilizarse. Mañana lo vería todo con más calma.

Clarence (les recuerdo, es un ángel) lee el pensamiento de D. Gumersindo. Y ataca de nuevo. “Usted fichó a Paripé, D. Gumersindo. Y al principio todo fue felicidad. Hizo una presentación muchimillonaria de esas que tanto le gustan. Los aficionados se pusieron como locos. El futuro es nuestro, dijeron todos. Pero muy poco después de los fuegos artificiales las cosas empezaron a torcerse. A la semana del fichaje, la Ouija de la Prisa publicó, cláusula a cláusula, todo el contrato de Paripé. Después les dio por decir que iba a quitar minutos a Chusco, Marco Asiento y a Cebollas. Los representantes de Podric, Rafael Farane, Casiveo, Carajal, Chusco, Sergio Gramos, Antonio Cruz y Marco Asiento pidieron reuniones urgentes con usted. Farane, Carajal, Casiveo, Asiento y Chusco fueron vendidos, a petición propia, a United, City, Chelsea, Bayern y PSG. El resto de protestones decidieron disfrutar de una prejubilación millonaria a la espera de acabar sus contratos. A algunos les empezó a dolor de todo y sin saber por qué. No salían de la enfermería. Otros descargaron directamente la responsabilidad en el muchacho de los 18 millones de euros neto. “Que gane los partidos él”, se oyó decir más de una vez en el vestuario. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que muchos aficionados se pusieron de su parte, pues no entendían la contratación de un imberbe que no había ganado nada por un sueldo que triplicaba, como poco, el sueldo de jugadores que lo habían ganado todo.

Usted no pudo fichar mucho más, porque cada buen jugador por el que se interesaba le pedía cuarto y mitad de lo que usted le había dado a Paripé. Hubo de conformarse con Luisinho,  Mantovani, Szymanowski, Pere Pons y Durmisi.

Ni Chusco ni Casiveo marcaron contra el United en la supercopa de Europa. No estaban. Serresiete entristeció de repente y fue baja contra el FC Campanario. Asiento no marcó porque tampoco estaba. No ganaron ninguna de las dos supercopas. En el mundial le eliminó, para oprobio histórico, un equipo llamado Al Jazira. Los trofeos no pueden estar aquí, D. Gumersindo, porque nunca los ganaron”.

1. Gumersindo, oye al viejecito pero no le escucha. No entiende los disparates que cuenta y decide dar por concluidos la conversación y el mini tour del Bernabéu. Le sugiere tomar algo calentito en el Real Café del Bernabéu, oferta que es aceptada de inmediato por Clarence [nota del autor: si ustedes han estado, sabrán que está repleto de pantallas de TV].

En las tropecientas superpantallas de TV del Real Café están pasando resúmenes de la Premier.  A D. Gumersindo se le muda la tez de color. Acaba de ver algo irreal e inadmisible. Ve a Rafa Farane, hecho un brazo de mar, sacando balones aéreos con la camiseta del United. Ve a Carajal subir y bajar la banda del Etihad para el City. Ve a Casiveo formar un tremebundo centro del campo con Kanté en el Chelsea. A D. Gumersindo se le descuelga la mandíbula de pura incredulidad. Tirando de magia angelical, Clarence consigue que ahora pasen unas imágenes del Bayern. Y D. Gumersindo ve a Marco Asiento, formar la mejor dupla de mediapuntas del mundo junto a James…en el Bayern. Clarence decide rematar al presidente. Con su influencia divina consigue que se pasen imágenes de la Ligue One. Ahora ve a Chusco repartir su magia para el PSG junto a Neymar.

Finalmente, Clarence, decide dar el golpe de gracia y le cuenta a D. Gumersindo que Podric, otrora la niña bonita de la afición, marchita sus últimos años de élite sentado en el banquillo y con una misteriosa lesión, a la espera del mundial de Rusia. Ya casi nadie se acuerda de él.

Perico se está hartando de aquel viejo [nota del autor: les recuerdo que Clarence es un ángel y puede estar en dos lugares al mismo tiempo]. Le ha contado cosas incongruentes y sin sentido. Pero el viejo no está borracho ni parece estar colgado debido a la ingestión de alguna sustancia extraña. Debe ser un indigente, piensa Perico. Pero su ropa no es la de un indigente. Está claro, no obstante, que algo le ocurre. A pesar de todo, hay algo en el viejo que le transmite calidez y serenidad; así pues, Perico le invita a tomar un café en el pub irlandés de la esquina. En la TV están poniendo un resumen del partido de esa misma tarde. Maldita sea, está él como para aguantar resumencillos. Decide prestar algo de atención a lo más potable, el primer tiempo, pero hay algo que no cuadra. No conoce a la mitad de los jugadores del Madrid…coño…y ése es…¡sí!, Paripé…pero…¿Cómo es posible? Pero hay más, la primera parte finaliza con el resultado de 1-3 para el FC Campanario y no con el 0-0 que él había visto desde su abono. El gol del Madrid lo ha marcado Paripé. ¡Ja, ya lo tiene!, aquello era una cámara oculta y el viejo está conchabado con sus amigos para tomarle el pelo. Hay que reconocer que se han tomado muchas molestias y lo han organizado cojonudamente. Le dice al viejo que pare con aquellas tonterías, que se ha dado cuenta de lo de la cámara oculta y que le diga al Chuflas (su amigo de la infancia) que no ha colado.

Clarence, viendo la cara de incredulidad de Perico, le dice que entre en su cuenta de twitter desde el móvil. A regañadientes (y muy mosqueado) Perico le hace caso. “Vete al 1 de septiembre de este año y léeme alguno de los tuits que escribiste aquel día”, le rogó/ordenó Clarence. Al igual que le ocurrió a D. Gumersindo, a Perico se le muda el color de la tez a medida que lee los tuits. “Por fin esta directiva incompetente hace algo con sentido, Paripé ya está aquí”. Inmediatamente, Perico piensa que los cabrones de sus amigos le han hackeado la cuenta y le  han modificado sus tuits. Eso ya no tiene ninguna gracia. Se van a enterar.

Clarence sigue a lo suyo: “Ahora busca los tuits del… 20 de noviembre por ejemplo. Léeme, por favor uno que escribiste a las 17h 35 minutos exactamente”. Y Perico lee “Esto es un desastre, ¿A quién se le ocurre vender a Farane, Carajal, Casiveo, Asiento y Chusco? Eran nuestro futuro. #GumersindoDimisión”.  

Clarence, finalmente, añade la guinda a toda aquella broma de pésimo gusto. “Por cierto, te has quedado sin trabajo. Estás en el paro. ¿Te acuerdas de aquel puesto de adjunto a la dirección financiera que tanta ilusión te hacía? Se lo dieron a un pelanas de 21 años recién salido de la universidad. Nunca había trabajado en una gran empresa, pero tenía un currículo fantástico y todo el mundo decía que iba a ser un emiliobotín. Había muchas empresas interesadas en su contratación, así que hubo que pagarle mucho dinero. Más o menos el triple de lo que ganabas tú.

Ni que decir que te pusiste hecho un basilisco y te encaraste con tu jefe. Le echaste en cara los estupendos resultados obtenidos en los últimos años gracias a tu esfuerzo y al de varios de tus compañeros. Esfuerzos que habían servido para convertir a la empresa en una marca de referencia en el sector. Le dijiste que allí había varias personas que ya habían demostrado su capacidad y que merecían ese sueldo tanto o más que el pipiolo que acababa de contratar. Tu jefe te soltó un sopapo dialéctico que te dejó sin palabras. Él también era un gran aficionado al fútbol. Y muy madridista. Él estaba harto de escucharte en los ratos de café y charlas futbolísticas de los lunes que había que contratar a Paripé costase lo que costase. Y si había que echar a quien no estuviera conforme, se le echaba. “A los jóvenes talentos no se los podía poner trabas”, dijiste en más de una ocasión. Y eso fue lo que tu jefe te recordó y te escupió palabra por palabra.

Solo se te ocurrió reprocharle que esperabas un poco más de respeto por su parte para con la gente que tanto había hecho por aquella empresa. Se lo dejaste a huevo. “Es el mismo respeto que tú, desde tu abono de la grada baja del Bernabéu, le tienes a otro tipo de profesional. Cierra la puerta al marcharte”, te dijo. “.

Y ahí tenemos a Perico y a D. Gumersindo, cabreados, cabizbajos y meditabundos sentados al lado de un viejecito que no para de soltar incongruencias. “Necesito ir al servicio”, les dijo Clarence a nuestros dos personajes, al mismo tiempo. Nunca más le volvieron a ver. Se evaporó.

Y aquí acaba este triste cuento de Navidad. No tiene final feliz. Nuestros dos personajes llegaron a pensar que habían sido víctimas de pesadas bromas y que todo volvería a la normalidad al día siguiente. Pero no fue así. Perico volvió a su empresa pero los seguratas no le dejaron entrar, pues ya no trabajaba allí. Los trofeos ganados desde el verano por el equipo que presidía D. Gumersindo nunca volvieron a la sala de trofeos del Bernabéu porque nunca estuvieron allí. Están en las vitrinas del United, del FC Campanario y del Gremio.

1. Gumersindo volvió a la política de Zidanes y Pavones que terminó por hundir al club en una crisis sin precedentes unos años antes. La plantilla la volvieron a formar estrellones a los que se les podía pagar un sueldazo justificadamente y jugadores de medio pelo, normalmente canteranos, a los que se les podía pagar casi en especie, también justificadamente. Se abandonó la magnífica política de fichar jugadores jóvenes y talentosos porque todos ellos querían el sueldo de Julián Paripé que, naturalmente, el club no podía pagar ni justificar.

Perico volvió a encontrar trabajo y prefiere no recordar aquella noche en la que se encontró con aquel viejo que le cambió la vida. Ahora, sentado en su grada baja del Bernabéu, se cuida mucho de volverse al palco exigiendo tal o cual cosa. Aplaude a sus jugadores cuando lo hacen bien. Guarda silencio cuando lo hacen mal. Y se siente culpable por haber deseado tan febrilmente el fichaje de Julián Paripé. Cree que una fuerza misteriosa atendió a sus deseos y decidió darle una lección que no olvidaría jamás. Añora los tiempos de jugadores jóvenes buenos, de notable alto y sobresaliente. Sabe que perdió la cabeza ese verano. Se reprocha no haber tenido más prudencia, paciencia y confianza en la gente que había levantado al club hasta lo más alto en esos cuatro años de éxitos. Se culpa de intransigente. Puede que aquel verano D. Gumersindo se equivocara o puede que no, nunca lo sabrá. Lo que sí tiene claro es que lo de ahora le gusta mucho menos que lo de antes y que él, con su intransigencia, ha contribuido a ello. Muchas veces ha deseado con todas sus fuerzas volver a aquel verano y que D. Gumersindo no fichase a Julián Paripé. Lo ha deseado tanto que a veces le parece escuchar aquella voz cálida y madura diciendo: “Tus deseos han sido concedidos”. Pero Clarence no está y tampoco se le espera.

Moraleja. Incluso en los proyectos exitosos se cometen errores. Ante la comisión de un error en un proyecto de éxito se pueden hacer dos cosas, a saber: A) Necesitas comprar un pequeño mueble aparador para tu casa. Lo compras y te olvidas; B) necesitas un pequeño mueble aparador para tu casa. Lo compras, pero las medidas no se ajustan del todo al espacio que le has buscado. Decides tirar el tabique de la habitación de al lado. Después le darás una mano pintura… ¡Qué coño, ya puestos pintarás toda la casa! Metidos en harina, alicatas de nuevas el cuarto de baño. Antes de pintar el salón, decides cambiarle la puerta de acceso por una de doble hoja totalmente acristalada. Finalmente, le echas un par de huevos y procedes al cerramiento de la terraza. Después de unos cuantos miles de euros, te das cuenta de que tú solo querías un mueble aparador, que tus hijos han volado y que para tu mujer y para ti, todo aquello sobra y, qué demonios, que te gustaba más tu casa antes de la reforma. Es decir, has hecho el gilipollas.

Moralejabis. A veces Dios, con toda la retranca del mundo, decide concederte todos los deseos que pediste. La cagaste.

Feliz Navidad a todo el mundo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.