Perdonen si no me siento

Un articulo de: Teresa Arredondo Moreno

Es en ese momento impreciso entre el sueño y la vigilia en el que soy plenamente consciente de que me estoy dejando dormir y al mismo tiempo me veo incapaz de hacer nada para remediarlo, cuando me alejo, como siempre, de las personas que quiero; es en ese instante en el que dejo que mi mente vague libremente y me lleve donde considere oportuno. Cuando me dan punzadas de nostalgia y de melancolía y dejo que me invadan ambas, qué más da. Y no me preocupa si los ojos se llenan de lágrimas, ya que tampoco hay nadie para verlas. Y tampoco me importa demasiado que eso ocurra.

Estaba hace unas semanas sentada en uno de esos trenes y aviones que me alejan de trocitos de mi corazón, demasiados ya en los últimos tiempos, demasiadas veces y demasiados trocitos, cuando recordé que había prometido escribir. Convertir los jirones de mi alma en texto. Han transcurrido los días, han ocurrido cosas buenas y no tan buenas y es en las segundas en las que parece que me resulta más cómodo perderme entre renglones. Leí hace poco una frase que me gustó y que refleja exactamente el momento en el que escribo mejor, no recuerdo dónde la leí. La melancolía es el jardín donde planto siempre mis flores. Pues sea, a hacer un rato de jardinería.

Este artículo iba a ser una encendida crítica hacia algunos ex jugadores del equipo de mis amores que, después de haber peregrinado por antros de mala muerte, tales como tertulias de medio pelo o clubes que no tienen ni medio pase, vuelven a casa como el turrón por Navidad. Pero cuando una se pone intensa, las teclas van por su lado y al final esto no es ni un artículo, sino una miscelánea de idea que va de amores y desamores, de lealtades y de traiciones. Las relaciones, sean las que sean, nos recuerdan a cada paso que todas las cosas de la existencia (cada noche sin dormir, cada arañazo en la espalda, cada error, cada beso, cada amanecer, cada Carnaval, cada surco en el vinilo antiguo, cada nevada inesperada en marzo), nos dan la vida cuando parece que nos la están quitando.

Ayer anunció su retirada Andrés Nocioni, alias el Chapu. El jugador de baloncesto al que odias cuando milita en el equipo contrario y al que le pondrías un piso en la Castellana y con vistas al templo, o mejor, un ático en la Gran Vía con piscina en la azotea (que una sea vikinga hasta el tuétano, no quita para que tenga sus gustos de niña nacida en el centro de la capital), todo merced no a su capacidad anotadora o reboteadora, a sus condiciones físicas, a su indiscutible calidad o a sus números, sino a su entrega, su carisma, su simpatía arrolladora y su pasión. El Chapu es un ciclón de vida que arrasa con el pesimismo, un terrorista de los buenos sentimientos, un madridista argentino que en tres años se ha ganado el corazón de una afición adicta a las emociones fuertes. Porque con los jugadores como él no sabes si el camino será fácil o difícil, bonito o feo. Lo que está claro es que te tendrá el alma en vilo, reirás hasta las lágrimas, llorarás hasta que sea inevitable la sonrisa e inevitablemente siempre será interesante.

Supongo que todo el mundo piensa alguna vez que hay personas a las que se echa de menos antes de que se vayan. Que iluminan una habitación con su presencia y que te hacen aletear una sonrisa en los labios con sólo pensar en ellas. Que los mismos que estamos deseando que Andrés se quede a vivir en la casa blanca y le dé collejas a Doncic mientras que Laso arenga a Rudy o a Llull a su lado, nos habríamos arrancado los ojos (avisé que la cosa hoy estaba intensa) antes que ver a Raúl abrazado a Stoichkov. Ese Raúl que estaba increíble haciendo callar a los culés y que no tenía redes sociales y siempre sería madridista, amigo de los Ultra Sur y compinche de Guti. Bueno, de Guti hablamos otro día mejor. 

Todos tenemos una bebida, un grupo, una película, una persona favorita en el mundo. Incluso un jugador. Pero te guste más la defensa o el ataque, la magia o la seguridad, el espectáculo o la certeza, hay algo en lo que todos estamos de acuerdo. ¿Con quién te irías a la guerra?. Sin duda, con alguien como el Chapu.

 

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