El odio de los inferiores

Un articulo de: @ErZuru2000

¿Acaso creíamos que el equipo de baloncesto estaba libre de sospechas? ¡¡Ja!! Como dijo no sé quién, hace ya algún tiempo: No hay Real Madrid de Baloncesto o de Fútbol. Solo hay un escudo. Y la mugre tampoco distingue.

Y entonces Sergio Llull lanzó el balón al aire. Lo hemos visto muchas veces. Es una forma de agotar un segundo y/o de celebrar una victoria. A mí, analfabeto en temas de baloncesto, no me cabe otra interpretación. Sin embargo, un estúpido resabiado, apellidado Carnicero, dijo que aquello podría considerarse una falta de respeto. ¿A quién y por qué? Vayan ustedes a saber. Tres coma cinco segundos más tarde, la estupiteoría hizo fortuna entre los malos perdedores, los acomplejados y los inferiores, que en esto del baloncesto vienen a ser casi todos, empezando por el ínclito narraor del Movistar. Después, sottovoce, este energúmeno (y otros como él) se quejan de las hostias que reciben en las redes sociales. No será por falta de motivos.

Cuatro segundos más tarde de la gilipollez del tal Carnicero surgió otra gilipollez aún más grande, esta vez, en los inescrutables mundos del twitter. La extravagancia venía a decir, más o menos, que al Madrid de baloncesto y a su afición se les trataba mal por detalles como el de Llull, síntomas inequívocos de prepotencia y soberbia. Ya, claro.

No se me ocurre equipo menos prepotente y soberbio que el equipo de baloncesto del Madrid. Para empezar por sus jugadores. Su máxima estrella, el mencionado Llull, es un tipo que siempre parece que acaba de levantarse de la siesta. Después está su capitán, Felipe, con ese repeinado de primera comunión. Está su estrella emergente, un chaval de 17 años con cara de tener un pavo del tamaño de un dinosaurio y de llevar siempre la bragueta abierta. Está su entrenador que el domingo en rueda de prensa, después de ganar -diría yo-, el título más impactante del baloncesto español, reconoció sin cortarse ni medio pelo (que no tiene) que la ha cagado (sic) muchas veces.

Después hay cosillas del pasado de este equipo que deberían invitar a la reflexión a los orangutanes que silbaron a los críos el domingo por la mañana. O a la genuflexión. Si me apuran, al cilicio. Seguro que recuerdan ustedes aquella vez que los jugadores del Bilbao las estaban pasando canutas porque, al parecer, no cobraban. Seguro que recuerdan ustedes el detalle que tuvo cierto equipo (que yo sepa, el único) cuando visitó la cancha del Bilbao. Pues en Bilbao todavía lo recuerdan y algunos de sus jugadores, también. La prepotencia y tal.

¿Qué es lo que lleva a un bípedo dizque pensante a concluir que lanzar un balón al aire es un gesto de prepotencia y mala educación? La pregunta no tiene respuesta fácil. Puede que la ingesta masiva de sustancias espirituosas. Puede que un estado de imbecilamiento permanente o transitorio. Puede que algún trauma infantil, complejo o inferioridad. Puede que alguna tara mental. O, simplemente, la inquina, la bilis, la irracionalidad, el odio africano… tan viejo como el propio ser humano. Elijan ustedes lo que más le convenza. Yo me decantaré por la senda del odio sin descartar la tara mental, el complejo o el trauma.

Así pues, pongamos que Iñaki Orbegozo, orangután, 50 años y padre de familia, se sentó el domingo a la mañana en el Buesa Arena con las aviesas intenciones de descargar toda su ira en unos chavales de 13/14 años. ¿Qué motiva u origina el odio del orangután? ¿Qué se esconde detrás? ¿Qué inconfesable hecho o tropelía ha causado tan ancestral inquina? ¿Un simple balón lanzado al aire? ¿Acaso un campo atrás? Si la causa fuera lo del campo atrás, ¿En qué lugar habría que ubicar lo acontecido el año pasado, cuando en partido de Euroleague, Sergio Llull fue tackleado por la mascota del Baskonia?

Los enviados especiales al asunto nos contaron que la manada de cabestros del lugar se comportaron muy mal con la afición del Madrid, pero que esto, además, viene de largo. O sea, bilis de rancio abolengo y con denominación de origen. El Madrid de baloncesto está viviendo una época dorada, pero hace cuatro o cinco años no era tal. Si hemos de creer lo que nos cuentan, este odio es más antiguo. Así pues, habrá que desechar una primera aproximación, la de la inquina (tan humana como reprochable) que siempre suele suscitar el ganador. Parece ser que en el caso del Madrid no todo el odio que despierta viene de este ciclo ganador. Todo apunta a que el odio tribalque suscita nuestro querido club en las manadas rivales es independiente de sus triunfos o fracasos coyunturales. Diría que tiene más que ver con algo mucho más profundo y estructural. No señores/as, ahí hay algo más que una simple ventolera o un cruce de cables enhomínidos cabreaos.

Contaron también los enviados especiales que el asunto fue generalizado entre las siete aficiones restantes en contra del Madrid y de sus aficionados, con los que tuvieron algún feo detalle. ¿Por qué? Desconozco la respuesta. No diré que no, pero no sé qué mal ancestral le habrá hecho el Madrid al equipo de baloncesto de Málaga o al equipo de Canarias. La verdad es que si me apuran les diría que no sé qué mal le ha hecho el Madrid a cualquiera de los siete equipos que participaron en la Copa de Nuestro Rey. ¿Tal vez apalizarlos de vez en cuando? Pero esto es deporte, ¿No? Se gana, se pierde, a veces apalizas, a veces te apalizan. En todo caso, bien podría haber tenido sus más y sus menos con alguno de estos siete equipos, pero ¿Con los siete? No recuerdo en tal sentido, así pues agradecería información adicional.

Yo sí recuerdo aquella vez en la que al Madrid le tuvieron que entregar un título de liga en el vestuario. El educado público (por cierto, una de las entrañables siete aficiones) no lo permitió. Creo que ha sido la única vez. También recuerdo ver al Madrid acabar un partido con cuatro jugadores en pista. Insólito hecho que no recuerdo haber visto nunca más. Si hechos similares a los anteriores fueran argumentados por alguna de las muy mejores amigas aficiones de Vitoria, entendería la inquina. Pero no. El argumento actual es recurrente: la prepotencia, la chulería y la soberbia. En Llull, claro. Por lanzar un balón al viento, claro. Pues no cuela. Que conste: a mí me da igual la acusación de soberbia y prepotencia. Cuando un burro se pone a rebuznar en lo alto de un montículo en pleno mes de agosto a la hora de la siesta, uno no se pone a discutir con el burro sobre la inconveniencia de rebuznar a esas horas de la tarde. No discutiré con una acémila. Sí expondré mi idea al respecto del origen de la roña sarnosa de esta gente. Idea forjada después de reflexionar durante mucho rato… exactamente el tiempo que va desde que acabó el partido de baloncesto hasta que Felipe Reyes recogió la copa entre silbidos.

Remontémonos al pasado y repasemos la historia. Veamos si somos capaces de encontrar el origen de este odio sarraceno. Un apunte previo. Ahora es la consabida martingala de la prepotencia y la soberbia. Esto lleva haciendo fortuna desde hace tiempo, pero no siempre fue el argumento preferido. Lo dicho, repasemos, grosso modo, y recuerden conmigo.

Primero contaron que fue Franco, pero hete aquí que el Madrid ganó menos que nada en la etapa más dura del franquismo. Si ese argumento fuera cierto, y no una cortina de humo, habría otros equipos mucho más odiados que el Madrid. Pero no. También nos contaron que D. Santiago era un sujeto de mucho cuidado. Los mismos que ahora nos venden la burra del señorío, seguro que, de haber vivido la época de D. Santiago, nos lo habrían descrito como un tipo soberbio y maleducado. Un Mourinho de su tiempo. Si tal argumento fuera cierto, imagínense lo que habría que odiar a determinados clubes, por algunos presidentes que nos han alegrado la vida: al Atleti (GilyGil), al Sevilla (ejem), al Betis (Lopera), al Valencia (¿Se acuerdan de Roig?) y ¿Qué  me dicen del Barcelona de Juanito Gaspar? Por citar unos sencillo ejemplitos.

Después nos dijeron que Pepe Plaza, Guruceta u Ortíz de Mendíbil. Otro sí, si dicho argumento fuera cierto, ¿Dónde colocamos el nivel de inquina hacia el club beneficiario de las tropelías de Gracia Redondo, García de Loza, Clos Gómez, Villar y CarapanderetaArminio?

Después la tomaron con el presupuesto y los fichajes imperialistas. Y volvemos con la borrica a brincos. Si de dineros se trata y dispendios económicos, sin olvidarnos de fraudes y asuntos turbios, habría que decir que hay otro club (en el que todos ustedes están pensando) que debería ser odiado con mayor ferocidad que el nuestro. Pero todos sabemos que no es así. Ustedes asistieron atónitos, como yo, cuando el Madrid fichó a Cristiano. La culé-Iglesia nacionalista, la cutre-subvencionada-farándula, los marisco-sindicalistas y el político-comisionista. Todos dando lecciones de demagogia y moralidad. Y ahora ¿Qué? ¿Dónde está Morritos Verdú? ¿Dónde el monaguillo nacionalista? Callados como miserables.

Si de motivos para odiar se trata, presupuesto y fichajes imperialistas al margen, en lo tocante al club referido anteriormente, la cuestión adquiere tintes surrealistas. Si les traigo a colación las finales de las copas de Nuestro Rey de fútbol, y los aquelarres que algunos suelen montar, sabrán. Aunque a ustedes les parezca imposible de toda imposibilidad, hay seres con pulserita con la bandera de España, dispuestos a poner el culo en pompa cuando la ocasión culé lo requiere. No me pregunten por la macedonia de neuronas que habita en esas cabezas. Es un misterio más inextricable que el de la Santísima Trinidad. Todos conocemos de un Tal o Pascual, oriundo de Trujillo, al que hemos visto emocionao hasta el lagrimeo, con su camiseta senyera, después de este o aquel partido. Lo del himno, la bandera de España y el jefe del Estado, ya si eso, para otro día. Lo de vagos, nos roban e incultos, como diría Scarlett O’Hara, p’a mañana. Inexplicable… o no. Fíjense si hay motivos. Pero tampoco.

Después de fichar a Cristiano vino Mourinho y fue el acabose. Dos chulos prepotentes y un destino. Entonces nos contaron que qué diferencia con el Madrid señorial de otras épocas, tan querido y admirado. Cómo si ellos hubieran querido y admirado alguna vez al Madrid. Efectivamente, el mítico señorío del Madrid en su máxima expresión: “Cuando esté en el lecho de muerte, pido a Dios que me deje un último momento de lucidez para dirigirme a la Prensa y decirles: sois todos unos hijos de puta”. Adivinen quién lo dijo.

Mourinho se fue. Llull lanzó un balón al aire y las acémilas se pusieron a cocear del mismo modo que cuando Mourinho. Cristiano sigue entre nosotros, pero hete aquí que hay otro club que ha fichado un clon de Nosferatu que muerde, cocea y patea y pasa prácticamente desapercibido. Ese mismo club fichó a un Gallo Quirico de estrafalarias pintas, piscinero, irrespetuoso y provocador, pero oigan… que ni por esas. Más motivos. Y tampoco.

¡Ah, sí!, está Florentino que es un poderoso mafioso. Controla la fiscalía, la judicatura, los tres poderes, la Fabrica Nacional de Moneda y Timbre, la Loteria y Apuestas del Estado, la NBA, la FIFA, la UEFA, la ONU, el INSERSO, la Asociación de Bolas Calientes, el As de la Ouija, Fabricantes de Uralitas Reunidos SA y es amigo íntimo de Donald Trump. A pesar de todo lo cual, es incapaz de cepillarse al paramecio que rige los destinos del Fúrbol y los Álbitros en España. No me pregunten cómo es posible que un tipo tan poderoso, capaz de amañar sorteos en la UEFA, es incapaz de darle un soplamocos al del Fúrbol porque no sabría qué responderles.

Todas estas cosas, relatadas en los párrafos anteriores, convierten al Madrid, a juicio de los cabestros, en una institución despreciable y odiable ad eternum. Llull lanzó un balón al aire y fue como si se cagase en los muertos de los allí presentes. Lanzó un balón al aire aunque en realidad lo que quería decir es que todos eran unos hijos de puta malnacidos. Y se pusieron farrucos. Fue como lo de Sergio Ramos con los cabestros de Sevilla. Me asombra la piel tan fina que tienen todos estos cabestros, da igual dónde hayan nacido o dónde pazcan. Uno los ve en las gradas, cual garrulos, con sus miradas cargadas de odio, berreando a base de perdigonazos y dan ganas de huir. Pues no, no es el caso. En realidad son educadas personas cuya extraordinaria sensibilidad se puede ver afectada por el vuelo de balón. “Puedo insultar a chavales de 14 años, pero cuidado conmigo y no se te ocurra lanzar un balón al cielo, porque te reviento”. Ese es el ganao con el que tenemos que convivir.

Ni Franco, ni Florentino, ni Mourinho, ni Cristiano, ni D. Santiago, ni el balón de Llull, ni el campo atrás, ni leches. Mucho más simple, mundano y ordinario que todo eso. Y no, no es odio. Es peor que el odio o, si lo prefieren, es otra forma de odiar: La envidia. Y nadie se reconocerá jamás como un jodido envidioso. Uno puede decir que odia a alguien o a algo y puede quedar como un señor delante de una audiencia receptiva y dará igual el argumento, ya sea lo de Franco, Florentino o un balón lanzado al aire. Lo de la envidia es otra cosa. Nadie se reconoce envidioso porque eso es tanto como asumir la inferioridad propia. Y eso sí que no, hasta ahí podía llegar la broma.

Pero no crean que envidian el presupuesto, el dinero, los fichajes, las copas o las victorias. No, no, ¡Qué va! Bueno, también, pero menos. Lo que envidian exactamente es lo que sucedió el fin de semana. Todo lo demás, dinero, presupuesto, fichajes, títulos y victorias es consecuencia de eso. Llegar allí, con todo en contra. Ambiente hostil, siete equipos en contra, siete aficiones en contra, prensa en contra, arbitrajes en contra (digan lo que digan) y ganar o, como poco, intentarlo hasta la extenuación y creérselo. Los envidiosos saben. Saben que lo que ha hecho el equipo de baloncesto del Madrid está fuera de alcance de cualquier equipo de baloncesto de Fiba en esas mismas condiciones. Trasladado al fútbol, es el minuto 93. Eso es lo que envidian y eso es lo que odian. Lo quieren tanto como Gollum al anillo. Es lo que les gustaría tener y no tienen. Para tener ese gen competitivo se necesitan muchos años de evolución y no están en ello. Están en echarle la culpa a Franco, a Guruceta, al presupuesto, a Mourinho, a Florentino, a la prepotencia, al campo atrás o, directamente, en encabronarse con Llull con la excusa más peregrina.

Si me apuran, hasta envidian ser odiados. Les encantaría ser odiados como lo es el Madrid y por el mismo motivo que es odiado el Madrid. Allá ellos y ellos verán, porque mientras el Madrid se enfrente aodiadores y no a rivales, va a seguir alimentándose de sus frustraciones. Los jugadores de baloncesto del Madrid saben exactamente en qué condiciones ganaron. El domingo a la noche, el gen competitivo de ese equipo tenía un añadido más porque no fue una victoria más. Fue la victoria en contra del odio (o la envidia, si lo prefieren). Y eso suma doble.

Si todo este ejército de envidiosos me pidiera un consejo, se lo daría gustosamente con la certeza de que no me iban a hacer ni puto caso. La cabra (o el cabrón) siempre tira al monte. Les diría que se olvidasen del Madrid. Jodido asunto porque solo la simple existencia del club, les está recordando, día tras día, que nunca serán ni la mitad de la mitad de lo que es él. Su envida obsesiva les incapacitapara asumir y aceptar que hay otro con más talento, más títulos fruto de su talento y con varios millones de seguidores dispuestos a ponerse delante de una tele, desde la Patagonia hasta Laponia, lo que ellos (clubes, aficionados y periogolfos afectos) nunca tendrán.

Y así transcurre la vida del envidioso acomplejao. Entre acusaciones, insultos y falacias. Cualquier acontecimiento les vale para dar rienda suelta a su instinto. De repente unas uralitas se ponen a volar en uno de esos campos municipales dejados de la mano de Dios y la culpa es del prepotente Madrid. El derecho a la propiedad privada deja de ser un derecho constitucional si de lo que se está hablando es del Estadio Santiago Bernabéu. Prepotente club que no cede sus instalaciones para los aquelarres nacionalistas.

Llegados a este punto, estimados/as amigos/as, desengáñense, no den explicaciones a quien no quiere recibirlas. Ni, por supuesto, pidan perdón por ser aficionados del club deportivo más grande de España, tal vez de Europa, tal vez del Mundo. No traten de convencer a ningún aficionado de cualquiera de las siete aficiones de Vitoria para que dejen de odiar al Madrid. Perderán el tiempo y, seguramente, se encabronarán. A fin de cuentas, si lo piensan detenidamente, ¿Quién de ustedes quiere que el Madrid sea un club como cualquiera de esos otro siete?, ¿Quién de ustedes se cambiaría por ser un aficionado de cualquiera de las otras siete aficiones?, ¿Se imaginan a ustedes mismos berreando a unos chavalillos con el peregrino argumento de un campo atrás?, ¿Se imaginan que pobreza de espíritu?, ¿Se imaginan sintiendo esa corrosiva sensación de inferioridad? No pierdan el tiempo. La envidia y el odio. Eso es como la uña y la roña, no los van a convencer. Sería tanto como obligarles a reconocer su inferioridad. Y no están dispuestos. Y bien está que sea así. El día que se convenzan y asuman que es cuestión de ponerse a ello, sin mirar a nadie más ni acordarse de Franco y/o Guruceta, la habremos jodido.

Hagan como Rick (Bogart), en Casablanca, en esa escena en el casino en la que Ugarte (Peter Lorre) le entrega los salvoconductos. “Seguro que me odias” le dice Ugarte a Rick mientras toma una copa a su lado, a lo que Rick le contesta que si alguna vez pensara en él, probablemente le odiaría. Es en ese momento cuando Ugarte toma conciencia de lo insignificante que es. Pues eso. 

Así pues, les dejo con una interesante reflexión final. Después de mucho pensar y meditar y de mucho meditar y pensar, llegué a una sorprendente conclusión (que ya dejé en twitter después de la final) cargada de profundidad intelectual. Ahí se la dejo para que mediten: más que de la “Copa del campo atrás” habría que hablar de la “Copa de tras, tras, por detrás”… parafraseando a Antonio Recio, filósofo, pensaor y mayorista.

 

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