Desde Rusia con amor

Un articulo de: Teresa Arredondo Moreno

Vivimos tiempos extraños, confusos. Tiempos en los que es más fácil escribir un te quiero que perderte en los ojos de alguien. En los que los niños aprenden a programar antes que a saltar a la comba. En los que lo queremos todo, ahora y a ser posible, aquí. En los que cogemos el coche para comprar el pan, el avión para conocer nuestro destino y el tren para encontrarnos a nosotros mismos. Tiempos en los que se nos ha olvidado que el agua moja la piel pero que bailar bajo la lluvia te calienta el alma. En los que el mayor lujo que podemos comprar es precisamente uno de los pocos que es gratis. En los que las emociones se enlatan tanto que te puedes pasar días sin que una carcajada sincera te devuelva a la infancia.

Siempre he creído que hay personas de dulce o de salado, de café o de té, de alcohol o de refrescos, de cine o de teatro… Pero pasan los años, mi piel deja de estar tan tirante y mis recuerdos cada vez ocupan más parte de mi vida y poco a poco voy tomando conciencia de que en realidad todos somos más de gris que de blanco y negro, que se puede ser de fútbol y de baloncesto, que no somos sólo de amaneceres o de atardeceres. Que cada momento es único, cada persona especial y cada día tiene su magia. Y que aunque el tiempo no se pare, puedes escuchar música dentro de ti en mitad del silencio y que hay personas que electrizan el aire al entrar en una habitación. Que hay gente mala y gente luminosa. Que si tienes que decir algo es mejor decirlo cuanto antes no sea que termine convirtiéndose en recuerdo.

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Decirle a alguien que le admiras o que te gusta es una de esas cosas que de niña me parecían tan cursis y ahora se han convertido en una necesidad vital. Cuando has perdido mucho en la vida te das cuenta de que nunca pudiste pronunciar las suficientes frases en las que cupieran los te quiero que necesitabas decir y que de pronto es mucho más importante lo que quedó en el tintero que lo que supiste expresar. Así que cuando surge la oportunidad de hacerlo, el posible ridículo no debe privarte de un momento bello. Increíblemente bello.

Nos educan en el conformismo, en el encajar en un molde establecido, en el no destacar más de la cuenta, para que esos zapatos que alguien ha decidido que deben de valernos encajen a la perfección y sin muchos sobresaltos. Y hay situaciones en las que te das cuenta de que esos zapatos, no aquéllos, sino en los que quieres entrar, son tuyos desde hace mucho tiempo. Que da igual el tiempo que pase porque estarán ahí esperándote. Que de pronto son los zapatos más bonitos del mundo y que te los has ganado, te los mereces, tienes que disfrutarlos. Aunque no combinen con el resto de tu ropa.

Cuando esta mañana me despertó la lluvia golpeando rítmicamente el cristal, este artículo iba de otra cosa. Pero de pronto surgió un recuerdo de este fin de semana y ya no puede ser de otro modo. Cuando presencias algo especial eres un privilegiado y sólo cabe ser agradecido. Y si te sale del alma, contarlo.

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El pasado sábado conocimos a Chechu Biriukov. Y digo conocimos porque tuvimos esa suerte un grupo de locos del Real Madrid, del fútbol, del baloncesto y supongo que de la vida en general. Fuimos a comer a lo que es ahora su casa, un restaurante lleno de fotografías y de baloncesto. En el que no es necesario hablar de ello porque hay algo que flota en el ambiente, porque el aire se llena de recuerdos y de imágenes, porque está él. Porque igual que cuando visitamos el Palacio, algunos no podemos dejar de pensar que ese lugar increíblemente grande aloja menos sueños que el antiguo, cuyo tejado quemado nos hizo llorar de impotencia, que por fin tenemos un lugar a la altura del mejor club de Europa pero que no podemos dejar de extrañar el ambiente de Vista Alegre, con su olor a cuadra incluido. Ese lugar donde los gritos sonaban más fuertes y las emociones te erizaban la piel. Ese recinto provisional donde el sonido del balón golpeando el aro era música celestial para los oídos. Ese lugar que, como Chechu, no es algo o alguien relacionado con el baloncesto. Porque él es puro baloncesto. Aunque ahora en lugar de un pase te sirva una cerveza con una sonrisa y una anécdota.

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Decía que a veces la vida te coloca en un lugar privilegiado y aunque no vivas el encuentro con el ídolo de tu infancia, te permite asistir a ese momento de otras personas. Ni siquiera te cuesta mucho mirar en los ojos de los demás para descubrir al niño que soñaba con conocer a ese jugador talentoso y deslenguado que aterrizó con veinte años en el Madrid, sin hablar ni palabra de su lengua materna y al que no te lo puedes imaginar defendiendo otro color que no sea el blanco. Aunque estés a varios metros sentada en una mesa del restaurante, puedes notar el nerviosismo de ese niño que pide el autógrafo a ese héroe de muchas tardes, que no puede creer compartir barra y bebida con ese hombre grande en el que se ha convertido Biriukov. Quizá hoy no tendrá la mano ni la forma física de antaño, pero hay mucha más verdad y mucho más baloncesto en toda su enorme humanidad, cuando se caga en los muertos ilustres sin pestañar o cuando hace feliz a ese niño que hoy es ya un hombre, desgranando para él anécdotas y chascarrillos, que en todos los himnos, todas las consignas y todos los homenajes que puedan hacerse. Porque compartir un momento así es tan especial que no puedes dejar de pensar si de verdad te lo mereces. Porque aunque tú no seas mitómana, hay una especie de escalofrío que se aloja en tu piel y que ya no te va a abandonar el resto del fin de semana y que se parece tanto a ver cumplir un viejo sueño de la infancia, aunque no sea tu sueño ni aquella fuera tu infancia, que tampoco quieres que se vaya del todo.

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A veces la felicidad es tan sencilla que te dan ganas de darte un golpe en la cabeza por no haberla visto antes. No hace falta una gran casa ni un espectacular coche ni unas vacaciones de ensueño. En ocasiones, en esas extrañas ocasiones que por casualidad te regala la vida, basta con ver el brillo de los ojos de un niño. O con ser un adulto y que en un solo día no puedan caber tantas risas.

 

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