Gestos, símbolos, leyendas y otras hierbas

Un articulo de: Teresa Arredondo Moreno

Hace dos o tres días, mientras caminaba de la mano de mi pequeñaja al colegio, en una de esas conversaciones madre-hija en las que tanto aprendo gracias a la infinita fuente de sabiduría de sus cinco años, como quien no quiere la cosa me entero de que mi niña ha cambiado de novio. Fue algo así como: “¿Sabes que mi novio es Gabriel?”- (Glups, la palabra novio otra vez) “¿Sí, cariño, anda, pero no era Marcos (y dos o tres más en los dos últimos cursos)?”- “No, mami, Marcos es del Atleti. Y entonces no nos podemos casar”.- “Bueno, tu amiga Daniela también es del Atleti y sigue siendo tu amiga”.- “Ya, bueno, no es lo mismo exactamente ¿Sabes? Pero me lo seguiré pensando” (…).

A la que le dio qué pensar fue a mí. Voy a ahorraros las recapitulaciones mentales que hice de las veces en las que puedo asegurar que no le he dicho a mi hija con quién puede o no pasar el tiempo y de dónde sacaría ella que a mí me pueda parecer mal que su “novio” sea de un equipo o de otro. Eso es harina de otro costal. A donde sí que me trasladó con sus cuitas amorosas es al momento exacto en el que ella decidió, porque así ocurrió, que era del Madrid. Y digo que decidió porque llevo toda mi vida oyendo que ser del Madrid es un sentimiento, algo que se lleva en las venas, en fin, esas expresiones que todos decimos alguna vez; sin embargo, creo que en ello también hay mucho de decisión. Su momento fue la final de la Copa del Rey de 2014, en el valenciano estadio de Mestalla, cuando un galés llamado Gareth Bale y apodado el Expreso de Cardiff recorrió 59,1 metros en 7,04 segundos y nos regaló un golazo con sabor a Copa arrebatada al Barcelona. Ahí es nada.

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Yo recuerdo, aparte del alegrón que me llevé (de mis gritos prefiero no acordarme), de una rubia de tres añitos que se acercó al televisor, puso su mano encima y me preguntó cómo se llamaba el chico que había marcado el gol. Después llegó un verano en el que hicimos un viaje increíble a Irlanda, montó en avión por primera vez y saboreó los últimos meses de su vida sin obligaciones, en este caso académicas. No se acuerda de nada. Pero recuerda ese gol y a partir de ese día presume de ser del Madrid y de que su jugador favorito es Bale. No la sacas de ahí. Y es del Madrid porque como Bale es el que más corre, el Madrid es el que más corre; porque como Bale hace corazoncitos con los dedos cuando marca un gol, a ella le gusta un equipo donde los jugadores hacen ese gesto. Somos los mejores, los que ganamos siempre, los que tienen el uniforme más bonito, los nombres más graciosos y es el equipo de sus mamá (y de millones de personas más en el mundo). Mi hija ha decidido que es del Madrid y punto. Todavía no siente las mismas emociones que sentimos los demás locos al respecto. Pero ya se pone triste cuando perdemos o me pide la camiseta de su Gareth para llevarla en los partidos que por horario le dejo ver o para lucirla por la calle al día siguiente de un triunfo.

Gestos, en el fútbol y en el baloncesto hay muchos. Siempre he estado convencida de que ser de un equipo o de otro en parte tiene que ver con tu familia, pero además creo que hay muchas más partes del puzzle de lo que entendemos por ser madridista. Puedes tener familiares del Madrid de fútbol y del Estudiantes de baloncesto, como es mi caso. Que tu familia te haya o no inculcado el amor por los colores, que te hayan explicado en qué consiste un fuera de juego o qué es una defensa en zona, que en tu barrio sean mayoritariamente madridistas, atléticos o del Barcelona, por poner un ejemplo. Que el ser el “distinto” de tus amigos te guste o que te sea más fácil ir con el que en ese momento es el más fuerte. Mil cosas. Pero más allá de condicionamientos, plantillas y títulos, el sentimiento de pertenencia a un club que es mucho más grande que su medida física, que es universal, se parece más al amor que a cualquier otro sentimiento. Con el amor hemos topado. A sólo tres párrafos de que mi hija haya cambiado de novio, qué casualidad. (Y qué tía).

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Voy a intentar explicarlo. Muchos días no recuerdo lo que comí el día anterior o voy tan abstraída que no sé cómo he llegado al trabajo, pero ¿De verdad soy la única que recuerda con pelos y señales los detalles de algo o alguien que le gusta? Lo dudo mucho. Igual que te acuerdas del grupo o del libro favorito de otra persona, recuerdas los momentos en los que tu equipo te hizo vibrar. Y no estoy hablando sólo del gol o de la canasta definitivas. Me estoy refiriendo a los gestos que te hicieron llorar de emoción, pegar un grito de rabia o notar que el corazón se te sale del pecho. Gestos como los saltos de Juanito en la remontada frente al Borussia Mönchengladbach, como el beso de Míchel al césped del Bernabeu el 19 de mayo de 1996, como las sonrisas socarronas de Sabas antes de fundirle los plomos al que tuviera enfrente, como el dedo en los labios de Raúl en 1999 silenciando al Camp Nou, como los pases elegantes de Zinedine Zidane o sus visitas clandestinas al hospital cuando el gran Ronaldo estaba lesionado, como el triple de Herreros frente al Tau a 5,6 segundos del final del partido y de que nos hiciéramos con la Liga ACB 2004-2005, como las cinco asistencias y dos goles de Guti ante el Real Valladolid en la temporada 2007/2008 y cómo las celebró, gestos como el “Hay niños que sueñan con jugar en la NBA, yo soñaba con jugar en el Real Madrid” de Sergio Llull o como el de su compañero Rudy de jugar lesionado o del gran Felipe Reyes asumiendo el peso del equipo sabiendo que nunca se le considerará su estrella, como las palabras del espartano Arbeloa defendiendo a muerte el color blanco ante la no demasiado imparcial prensa deportiva de este país, como el “siuuuuuu” de Cristiano,…

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Algunos de esos gestos nos dieron títulos y gloria, otros nos granjearon el respeto del mundo, muchos de ellos exacerbaron la animadversión de nuestros rivales y ayudaron a engrosar las filas de sus fervientes admiradores. Esos gestos y miles de ellos más conforman la leyenda del Real Madrid, un club lleno de símbolos, algunos de carne y hueso, como Don Alfredo Di Stefano, nuestro llorado Fernando Martín o como Roberto Carlos o Chechu Biriukov; otros mucho más intangibles, como el erizamiento de vello cuando suena el himno o pisas por primera vez el Bernabeu.

Y eso es el Madrid, el éxtasis de la victoria, la amargura de la derrota, la emoción de la lucha. Y el lugar al que vuelves, como cuando llegas a casa, te calzas las zapatillas (o te descalzas, como hago yo la mayor parte de las veces) y dices, ahora sí, éste es mi hogar. Aunque estés a mil kilómetros de donde naciste o ni siquiera sean tus zapatillas. Pero es el lugar que amas y eso es suficiente. Me dejo mucho en el camino. No hablaré, porque ya se ha hablado mucho y seguro que mejor de lo que yo podría hacerlo, de lo que ocurre cuando un madridista siente que alguien ha pisoteado uno de nuestros símbolos. Pero si no quieres ver cómo se revuelve una leona a la que hieren a uno de sus cachorros, no quieras estar cerca de una pantalla de ordenador, un móvil o peor aún, en el mundo “real”, al lado de un/a madridista al que le tocan lo más sagrado.

No hay más, o lo sientes o no lo sientes.

 

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