El principe

Un articulo de: @GemaPuenteviejo

De Dickens todos conocen sus historias aunque no le hayan leído una página. Los más y los menos han visto una peli o una serie sobre Copperfields y Twists. Yo a Gareth Bale le veo cara de niño Dickens, con gorra, cara tiznada y las orejillas desplegadas al viento de Londres. Pero con una camiseta blanca con el logo de Teka debajo de la raída chaqueta de tweed.

La materialización del fichaje de Bale se alargó días y semanas. Cuestión de horas, decían. A los madridistas tuiteros nos mantuvo en vilo aquel 1 de septiembre. Todos andábamos a la caza del comunicado oficial, y todos queríamos ser el primero en retuitearlo. Cuando finalmente se produjo fue como si el hombre acabase de llegar a la luna por segunda vez. Levy, con avidez y astucia judaicas, retrasó la firma y se llevó 91 kilos. Nosotros conseguimos 91 kilos de felicidad y los culés 91 toneladas de bilis.

El día que lo presentaron en el Bernabéu vimos a aquel mozo galés ataviado con un traje oscuro y con chispeantes ojos azules abriendo una mega sonrisa cuajada de dientes. A todo jugador que ficha con este club se le supone desbordado de ilusión. Bale la llevaba escrita en la cara. Por eso la imagen del niño galés haciendo el signo de la victoria con su camiseta blanca del Madrid se nos hizo tan real y tan entrañable. Además venía acompañado de su familia. Y es que según cuentan de él es un hombre eminentemente familiar. Conoció a su mujer en el colegio, una chica de aspecto tranquilo, con apellido aristocrático y nombre de heroína de Jane Austen. Una WAG muy mona y discreta. Completaban la terna su padre y su madre, a la que está muy unido. Y en los brazos una nena adorable de nombre aún más adorable: Alba Violet, es decir, blanco y violeta. Nada más que añadir, señoría.

Confieso que Bale me ganó cuando entonó aquel “Hala Madrid” con titubeante acento galés en su multitudinaria presentación, que tuve que seguir de estranjis en el ordenador del trabajo. Pero ya contaba con mi favor después de haber visto sus goles demoledores y sus tremendas galopadas en el Tottenham. Parecía un correcaminos musculoso perseguido por cien mil coyotes. La expectación y el monto económico de su fichaje también colaboraron para que se me hiciera, como se dice vulgarmente, el culo pepsi cola al saber que íbamos a poder contar con su presencia en nuestras filas blancas. Y cuando, en el colmo del cuquismo, vi que acababa sus goles enmarcando con sus dedos un espacio en forma de corazón y en el que caben los sentimientos de toda la grada, me enamoró futbolísticamente para toda la eternidad.

Su primer año en el Madrid nos dejó los recuerdos más memorables que se pueden tener de un futbolista. La deplorable actitud de la prensa, que difundió la falsa información de que el mozo tenía una hernia, y las envidiosas comparaciones con el precio de Neymar y el suyo (ejem,ejem) tuvieron su mejor contestación en el campo, con una gran demostración de poderío físico. No en vano es uno de los futbolistas más rápidos. Y con su excelente acople con Benzema y Cristiano en lo que se conoce como la BBC, colaborando con sus asistencias y goles a conseguir los dos títulos de la temporada y siendo decisivo en las dos finalísimas, amortizó los kilos que soltamos por él. Todo un acierto. No cambiaría el gol al Barca en Copa ni el gol en Lisboa ni por todo el oro del mundo. Quedarán para siempre enmarcados en el Hall of Fame sentimental de todo aficionado madridista. Como su imagen gritando a pleno pulmón tras marcar, rodeado por los demás (Zidane, Arbeloa) y con los ojos cerrados, en el pleno éxtasis de la euforia. Gareth rules.

Esta temporada se ha especulado mucho acerca de la competencia con Isco, alimentada por la prensa, que ya sentaba al galés o directamente le hacía las maletas. Y la campaña sigue, señalando de forma vergonzante al galés para provocar el rechazo de esa afición predispuesta a pitar a todo lo que no venga de Móstoles. Recuerdo cuando dijeron que podría irse a Manchester, esa ciudad del norte de Inglaterra que fue testigo de revueltas obreras en el s. XIX. Entonces imaginaba yo al niño Dickens vagando por las calles  y buscando trabajo en las fábricas manufactureras de algodón. Al final ni banquillo ni aeropuerto. Tanto mejor. Prefiero a mister Bale en Madrid, marcando goles con forma de corazón y poniendo la máquina del tren a máxima potencia, al servicio del equipo con el que soñaba de niño, allá en Cardiff. 

 

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